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Cristina Losada

Noche de carcamales

La España que fue franquista se nos ha ido llenando de antifranquistas retrospectivos que corrían delante de los grises y soñaban con romper a martillazos las estatuas del dictador

Cristina Losada
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Qué noche la de aquel día. Parecía la noche de los muertos vivientes, pero, quia, era la noche de los valientes. La noche en la que se homenajeaba a un carcamal y se desmontaba la estatua de otro. La noche para ponerse a contar cuántos cadáveres tenía cada cual en su armario. No sólo los cadáveres reales que lleva a cuestas Carrillo y se llevó a la tumba Franco, sino también los metafóricos que esconden tantos personajes que ahora se cosen entorchados de antifranquista con los hilos que les enhebra el PSOE.
 
En tiempos de la dictadura, sólo los tontos se dedicaban, cuando se dedicaban a algo, a atizarles con pintura, pedradas o cócteles Molotov, a las estatuas y símbolos del franquismo. Había otras tareas más importantes que aquellas acciones de rabieta infantil y absoluta intrascendencia para la lucha contra el régimen. Sólo a personas que no estuvieron dando el callo aquellos años puede ocurrírseles exhibir de modo tan risible y extemporáneo su oposición al dictador. Pero es que pasaron de Franco, gran hombre, a Carrillo, ese hombre. Pasaron de la camisa azul a la bandera roja o a la del mejor postor. Pasaron del conformismo con la dictadura a la izquierda con visos de llegar al poder. Y no pierden ocasión de limpiar su pedigree. De falsificarlo, si es preciso.
 
La España que fue franquista se nos ha ido llenando de antifranquistas retrospectivos que corrían delante de los grises y soñaban con romper a martillazos las estatuas del dictador. La de estos conversos es una pulsión comprensible. Menos lo es la de quienes militaban en la izquierda, aceptaron la reconciliación y desde hace algún tiempo, arengan contra lo que llaman la amnesia de la Transición. No hubo tal. El tránsito de la dictadura a la democracia fue como fue por el impacto del recuerdo de la Guerra y la posguerra. La mayoría no quería abrir esa caja de los truenos. Y no se abrió.
 
El PSOE lleva unos años destapándola. Y no sólo porque estuviera missing, como los conversos, en los peores años de la dictadura, que también. Es que intenta resucitar al enemigo. Repescar el viejo guión de buenos y malos con el que una izquierda anquilosada solventa la historia de la Guerra y la historia entera de España. Identificar a la derecha con el franquismo para deslegitimarla. Hacernos creer que hemos tenido franquismo hasta que ha llegado Zetapé. Y recuperar su peculiar memoria histórica para hacernos olvidar. Para que el velo de la amnesia tape el recuerdo de los trece años de infamia del felipismo. El PSOE quiere embarcarnos en un viaje al pasado remoto para que borremos el suyo, tan reciente como elocuente.
 
Paso a paso, golpe a golpe, el socialismo gobernante nos lleva por el túnel de la risa al año cero de la Transición. Dentro de nada, o sea, ya mismo, sonará el único éxito de Supertramp, Crisis, what crisis?, que aderezaba las ondas cuando acabábamos de salir de la dictadura, y la repetición de la historia se habrá completado al modo en que previera Marx. Como farsa. Más que nunca. Con Bono regalándoles soldaditos de plomo a los ministros y ZP obsequiando a Carrillo con la estatua ecuestre de un dictador muerto en la cama treinta años ha.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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