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Cristina Losada

O cómo ganarse a los niños

Y la que vende esta temporada en España es la infinita bondad de ZP y sus muchachos, angelitos blancos que se oponen a los negros demonios de la guerra que dejan morir de hambre a los pobres

Cristina Losada
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Los maestros de zen les hubieran dado de bastonazos. A ZP, sus ministros y sus propagandistas. Si les atizaban a sus discípulos para que les sobreviniera la iluminación, cuanto más descargarían el golpe sobre quienes, posando de idealistas, falsean la realidad. Lo hacen con el catálogo de dualidades que nos endilgan: cumbre de las Azores versus Quinteto contra el Hambre, alianza de civilizaciones frente a choque de civilizaciones, combate contra el terrorismo frente a la erradicación de sus causas, fotos de la guerra en Irak contra fotos de la señora Calvo en Vogue.
 
Según los grandes mensajes de ZP, médium de esta propaganda de Kindergarten goebbelsiano, Bush, Blair, Aznar y Durao Barroso se negaban a acabar con el hambre en el mundo; los que emplean la fuerza contra el terrorismo son belicistas que se pirran por lanzar bombas contra los pobres; y quienes identifican al fundamentalismo islámico como la ideología que nutre al terrorismo que amenaza a las sociedades abiertas, quieren armar una cruzada contra los musulmanes. En cuanto a los que criticaron el posado de las ministras, no hay palabras. Calvo se indigna y se ofusca. Y eso que no ha visto las fotos de los asesinados por orden de Sadam.
 
ZP ni es misionero ni monje zen, para lo que hace falta dureza de cuerpo y grandeza de espíritu, pero el hambre y la pobreza le están dando mucho juego. Antaño, la izquierda sólo conocía un remedio para ambas: la revolución, gracias a la cual millones de personas pasaron –y algunas aún pasan– hambre. Ahora, propugna lo que más despreciaba: la limosna, aunque no la quiere sacar de su propio bolsillo. Y establece una vinculación entre terrorismo y pobreza que es tan falaz como la idea de que la ayuda exterior es lo único que hace prosperar a los países pobres, y no sólo a sus corruptos dirigentes. El libre comercio y el libre mercado resultan mucho más eficaces, no hay terrorismo en los países más pobres, de los Estados Unidos sale el mayor flujo de dinero hacia las zonas más desfavorecidas, Chirac, el solista del quinteto, apoya al régimen sudanés en su genocida actuación en Darfur. Pero a la izquierda vestida de pieles, esa que compra sin rebozo, no le interesan las soluciones ni le molestan sus contradicciones: sólo vende imagen.
 
Y la que vende esta temporada en España es la infinita bondad de ZP y sus muchachos, angelitos blancos que se oponen a los negros demonios de la guerra que dejan morir de hambre a los pobres. Dispuestos están a pasar por pueriles. Cuentan con que hay un público infantil, deseoso de creer toda esta ñoñería y niñería. De disculpar la ingenuidad. De dejarse endulzar la realidad. Se lo dijo ZP al periodista del Time que no sabía del zen más que el nombre: yo, lo que diga la gente. Los socialistas le han tomado la medida a una parte de la sociedad española, oyeron sus asustados latidos entre el 11 y el 14, su furioso clamor: la culpa la tiene Aznar, y van a hacerse con el jardín de infancia repartiendo caramelos.

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