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Cristina Losada

Oh, los creadores

Cuando le preguntaron a Brecht cómo podía mantener su lealtad al comunismo si en la URSS estaban prohibidas sus obras, respondió que allí, al menos, le tomaban en serio.

Cristina Losada
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Ahora que J. D. Salinger ha abandonado por un instante su retiro, las señoras Pajín y Sinde podían haber concluido su mitin en el Círculo de Bellas Artes con una alusión al título de una de sus novelas: ¡alzad la ceja maestra, creadores! Con algo, en fin, menos ramplón que ese "seguid alzando la ceja o el hombro" por los siglos de los siglos socialistas, amén. Menos infantil que esa afirmación de que los "creadores" ¡cada día! "nos hacen un poquito mejores". Y menos ofensivo que esa regla por la cual uno no puede insultar a los creadores, pero los creadores pueden insultarle a uno cuanto quieran.

Sinde y Pajín, al igual que su jefe Zapatero, gustan de llamar creadores a aquellos que, en los tiempos de la lucha de clases, eran conocidos como trabajadores de la cultura. Había más humildad. El artista no era mejor que un metalúrgico. Su sino era fundirse con la clase obrera, única creadora reconocida, lo cual daría lugar a las aberraciones del realismo socialista. Hoy la progresía ya no es lo que fue y el trabajador, demasiado conservador para ella. Su necesidad de rendir culto la satisface ahora con los creadores. Baila a su alrededor transida en éxtasis, como si los cineastas, los cantantes o los actores fueran los ídolos de una religión nueva. Y, cuidado, que lo son. 

Quién sabe si Pajín y Sinde han leído a Salinger. Una cosa es posar y otra leer. Desde luego, ninguna de sus obras figura entre los libros favoritos que la primera confiesa en su blog. No hay ahí ni un clásico, ni siquiera un clásico contemporáneo, como es el huraño autor de El guardián entre el centeno. Para guardianes, ellos. Los socialistas. Guardianes de lo suyo, como los creadores a los que tanto corteja el PSOE de Zapatero. Antes también, pero ahora más. Desde su repulsiva actuación en el noalaguerra, con respaldo al dictador Saddam incluido, se han vuelto imprescindibles figurantes en cada elección.

Ya es lugar común decir que el Gobierno remunera a los artistas con cánones y subvenciones, y es cierto. Pero el diezmo también lo pagaba la derecha sin que surtiera el efecto de convertir en mansos palmeros del poder a unas fieras, ejem, de la crítica. No, esas gentes también tienen su corazoncito y, sobre todo, su vanidad. En halagarla consiste la principal retribución y a ello se aplica la izquierda desde la época de Münzenberg. Cuando le preguntaron a Brecht cómo podía mantener su lealtad al comunismo si en la URSS estaban prohibidas sus obras, respondió que allí, al menos, le tomaban en serio. Lo que no quita para que aquel maestro de la autopromoción engordara entre tanto su cuenta suiza.

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