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Cristina Losada

Oración fúnebre

Los pasajeros de los trenes no fueron víctimas del terrorismo, sino víctimas del Gobierno que apoyó la intervención en Irak. Pasado el tiempo de recrear –y rentabilizar– tamaña desviación de la culpa, el atentado y sus muertos y heridos no interesan.

Cristina Losada
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Si hoy hubiera que elegir una prueba de que las tendencias destructivas y, a la postre, autodestructivas, corroen la política española del momento, el boicot del Partido Socialista a un acto de la Comunidad de Madrid en memoria de las víctimas del 11-M, figuraría en primer lugar en la lista. Anteponer las pequeñas o grandes rencillas que enfrentan a diario a los partidos a la obligación política y moral de recordar, desde las instituciones representativas, a los que perecieron en aquel atentado es signo de una confusión y corrupción profundas de los valores, tanto como de alejamiento de la realidad. 

Los dirigentes del socialismo madrileño han dado ya otras muestras de habitar en una burbuja de cegador odio al adversario. Cierto que ese rencor no es privativo de ellos. Con Zapatero en La Moncloa se ha elevado a primordial y casi única seña de identidad del socialismo español. De hecho, junto al boicot ha aparecido otro indicio que apunta en el mismo sentido. El Gobierno no convocó ningún acto recordatorio del 11-M, y ello, por cierto, sin que la oposición ni el resto de partidos lo reclamaran. Con un minuto de silencio en el Congreso han solventado las instituciones nacionales el quinto aniversario de la masacre de Atocha. Vergonzoso y vergonzante.

Ambas faltas, tan dolorosas para las víctimas y afrentosas para la nación, son reflejo de la interpretación en clave partidista que en su día hizo del atentado ese sector que podemos llamar la anti-derecha. En su visión, deformada por las anteojeras ideológicas y por la voluntad de instrumentalizarlo, el 11-M no fue un ataque contra la nación o la democracia: fue, ante todo, provocado por una decisión de Aznar. De acuerdo a esa lógica perversa, los pasajeros de los trenes no fueron víctimas del terrorismo, sino víctimas del Gobierno que apoyó la intervención en Irak. Pasado el tiempo de recrear –y rentabilizar– tamaña desviación de la culpa, el atentado y sus muertos y heridos no interesan. El año pasado sí se organizó un acto al que asistieron Zapatero y los Reyes. Ah, era año electoral.

"Por esta ofrenda de sus vidas hecha en común por todos ellos, individualmente, cada uno de ellos, se hizo acreedor de un renombre que no se vuelve caduco". Como si hicieran suyas estas palabras de Pericles en la oración fúnebre que es expresión clásica del ethos democrático y patriótico, todos los once de septiembre desde 2001 se leen en Nueva York, allí donde se levantaban las Torres Gemelas, los nombres de cuantos perecieron en aquel atentado. Es lo propio de naciones civilizadas y conscientes. De una u otra manera rinden homenaje a quienes dieron su vida por ellas. Los gobernantes españoles, en cambio, no rememoran como es debido a las víctimas del mayor atentado terrorista de nuestra historia y han hecho imposible honrar a todos los muertos de la guerra civil. Antes, otros olvidaron y marginaron durante años a los asesinados por ETA. Una nación que no pronuncia las oraciones fúnebres se encamina hacia su entierro.

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