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Por fin, la Sociedad Civil Catalana

No va a ser fácil, quién dijo que lo fuera. Pero es la sobriedad indispensable ante tanto y tanto exceso.

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La aparición de Sociedad Civil Catalana es una gran noticia. Por múltiples razones. La más notoria de ellas es que permite visualizar que existe en Cataluña una sociedad civil que no es nacionalista ni independentista. Porque haberla hayla, siempre la ha habido, pero ha sido poco menos que invisible: uno de los triunfos del nacionalismo es justamente ése. Ha logrado proyectar, y tanto en la propia Cataluña como en el resto de España, la imagen de una sociedad catalana marchando como un pelotón homogéneo y uniforme detrás de la bandera estelada. Ha conseguido, es decir, que cuaje la idea de que allí la aplastante mayoría está a favor del proceso separatista, y que sólo unos cuantos frikis, fachas y gentes de mal vivir se obstinan en dar la nota discordante en la fiesta.

Ese triunfo visual del nacionalismo ha tenido el efecto, nada menor, de tapar su fracaso, un fracaso relativo, desde luego, pero fracaso al cabo: después de tres décadas de pedagogía del odio y descalificación del disidente, el apoyo a la ruptura con España no ha crecido más allá de la mitad del censo. No estamos, y aun tras una época de intensa presión y tensión, ante una relación 80/20 a favor de los partidarios de romper, sino ante un fifty-fifty. Esto no significa que la imagen, la de una sociedad catalana perfectamente alineada con el proceso abierto por Mas, carezca de importancia y consecuencias. En absoluto. Aquella tendencia de opinión que sea percibida como mayoritaria y hegemónica tiene todos los boletos para convertirse, en efecto, en hegemónica y mayoritaria. Así funcionamos: ir contracorriente conlleva costes (no sólo en sentido económico) que sólo está dispuesta a asumir una minoría.

Sociedad Civil Catalana podrá contribuir a cambiar esa falsa percepción, un cambio necesario no sólo en Cataluña, sino también en el resto de España, donde hace tiempo, aunque ahora de manera apabullante, que se ha dado en identificar a Cataluña con los nacionalistas. Por citar un caso habitual en el periodismo, se llama "diputados catalanes" a los diputados de los partidos nacionalistas catalanes, tal y como si los diputados catalanes de otros partidos no fueran también catalanes. Peccata minuta, tal vez, pero sintomático de cómo el nacionalismo ha ido conquistando parcelas con un mínimo esfuerzo. Bastan la dejación, el abandono, el dejarse llevar, para que las ocupen.

Lo del Teatro Victoria, donde se presentó la plataforma, recuerda un tanto al bautizo de Ciudadanos, a la expectación que despertó entonces el surgimiento de un partido inequívocamente contrario al nacionalismo en Cataluña. Pero Sociedad Civil Catalana es un proyecto diferente: es nuestro Better Together. Una plataforma que integra a gentes de variada ideología, o de ninguna, que cuenta con personas del PSC, ausente hasta ahora de estas iniciativas, y que se propone poner racionalidad, sentido y cabeza en un ambiente marcado por la agitación, la demagogia y el sentimentalismo. No va a ser fácil, quién dijo que lo fuera. Pero es la sobriedad indispensable ante tanto y tanto exceso.

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