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Cristina Losada

Pornografía política

El furor exhibicionista de esta campaña catalana hace resaltar, por contraste, el pudoroso cuidado con el que los grandes partidos cubren las carnes de la corrupción. Ninguno quiere desnudar al otro, no vayan a quedarse en cueros todos.

Cristina Losada
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Qué ingenuidad la de Carmen de Mairena y María Lapiedra. La primera, una popular travesti, se presenta a las autonómicas catalanas con un programa que incluye la construcción de "follódromos" y de huertos ecológicos de marihuana. La acompaña en la lista un concejal de Reus que asiste a los plenos vestido de Elvis Presley. La segunda es una conocida actriz porno que Laporta le ha robado a Esquerra para convertirla en el icono de su proyecto político secesionista. Puro frikismo, sentenciaron algunos. Error. Las dos figuras del espectáculo han sido ya eclipsadas y desbordadas. Pasan desapercibidas, por moderadas, antiguas y centristas, en el peep show en que ha devenido la campaña. Debe de reconocerse, en su favor, que no era fácil superar en obscenidad al establishment.

El PSC se propone estimular a los electores con un vídeo que asocia el voto a Montilla con el orgasmo. A la vista de esa obra maestra de las Juventudes de su partido, el presidente de la Generalitat le concedió su aprobación si servía para combatir el desinterés del votante. Una opinión que no comparte una de sus rivales. En "el vídeo porno de Montserrat Nebrera", que es su carta de presentación, la ex diputada del PP avisa de que "en política no todo vale". Por ello, ha dejado el burka con el que posó no hace mucho tiempo por una simple y blanca, pero sugerente toalla. En medio de tal efervescencia programática sexual, el cartel de los desnudos Ciudadanos, otrora impactante, destaca por su timidez y su recato.

Es verdad que la política no transita siempre –casi nunca– por la senda de la razón, pero tanta apelación al sexo como definitivo argumento para el voto resulta singular y sintomática. Vendría a mostrar, una vez más, que la existencia de un único universo político de referencia, como es en Cataluña el nacionalismo, acaba por desterrar cualquier elemento de racionalidad de la política y liquida, finalmente, la política. Sucede en los regímenes de partido único, donde todo es política y, por tanto, no se puede hacer política. Suprimido su espacio, se extiende el apoliticismo y quedan los resortes primarios: los sentimientos y los instintos. El furor exhibicionista de esta campaña catalana hace resaltar, por contraste, el pudoroso cuidado con el que los grandes partidos cubren las carnes de la corrupción. Ninguno quiere desnudar al otro, no vayan a quedarse en cueros todos.

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