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Cristina Losada

Provocaciones

no sólo quieren extender sobre el conjunto de la derecha la mancha de los ultras, sino que también se proponen desmovilizar a los ciudadanos que estén dispuestos a defender aquello que el socialismo gobernante podría arrojar por el sumidero

Cristina Losada
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Varios dirigentes socialistas se han remitido a los tiempos de la dictadura para encontrar precedentes al execrable incidente del que fue víctima Bono en la manifestación de las víctimas del terrorismo. No era preciso ir tan lejos. Salvo los amnésicos interesados, todos recordamos la ristra de amenazas, acosos e intentos de agresión que, desde el año 2003, hizo que se enseñoreara del escenario político español un clima de violencia verbal y física inusitado en los años de democracia. Aquello le tocó soportarlo a la derecha y no fue condenado por la izquierda. Ello no justifica a los que amenazaron a Bono. Sólo los sitúa en el mismo bajo mundo antidemocrático en el que andan los matones que se etiquetan de izquierdas o nacionalistas. Sea cual sea la bandera a la que se acogen, sean camisas pardas, sean chaquetas de cuero negras, circula por ellos el mismo veneno.
 
Pero la referencia a la dictadura no deja de ser significativa para el caso. En los últimos años del franquismo, la izquierda, que era como decir el Partido Comunista de España, pues el PSOE habitaba en reinos poco visibles, siempre insistía, antes de cualquier acto multitudinario, en que había que evitar las “provocaciones”. Frente a los grupúsculos de la extrema izquierda, deseosos de montar bronca a cualquier precio, el PCE, que entonces abogaba por la “reconciliación nacional”, era mucho más realista. Sabía que los episodios de violencia se pagarían caros. Que servirían para justificar una oleada represiva y retrasar o torcer todo el difícil proceso. Y sabía que podían surgir, de algún lado, ya espontáneos o preparados, los famosos “provocadores”.
 
En los prolegómenos de esa Segunda Transición en la que quieren embarcarnos algunos irresponsables, el mundo está al revés y tocado de ese aire de farsa que ya observó Marx que le sobrevenía a la Historia cuando se repetía. A finales de los setenta, era la izquierda la que se encontraba bajo el ojo malévolamente vigilante del poder y los medios de comunicación oficiales y oficiosos, y tenía que andar con pies de plomo. Hoy, el que tiene que andar con pies de plomo es el PP. El Gran Hermano es de izquierdas, o eso dice. Y está esperando cualquier traspiés para deslegitimar a la derecha, y condenarla al rincón de los ultras. Y en el paquete de los ultras, no sólo quiere embalar a la derecha en bloque, sino a todos cuantos se opongan al descuartizamiento de España, a la voladura de la Constitución y a las concesiones a ETA. A todos los que pongan piedrecitas en la rueda de la voluntad de poder.
 
El modo en que el gobierno y sus medios afectos han presentado el incidente del que fue víctima Bono deja lugar a pocas dudas. No sólo tratan de deslegitimar a las víctimas del terrorismo que no les resultan obedientes, no sólo quieren extender sobre el conjunto de la derecha la mancha de los ultras, sino que también se proponen desmovilizar a los ciudadanos que estén dispuestos a defender aquello que el socialismo gobernante podría arrojar por el sumidero. Quienes, a partir de ahora, quieran salir a la calle para manifestarse por “una causa noble”, que dijo Alonso, tendrán que organizarse para controlar las “provocaciones”, que no faltarán. Como han hecho los partidos de la izquierda siempre que no les ha convenido dejar sueltos a sus acompañantes violentos.

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