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Cristina Losada

Qué bien se vivía en Rodiezmo

Retrasar la edad de jubilación será inevitable, innecesario o simple parche, pero más que el juicio sobre su idoneidad, trasciende su carga simbólica. Es el signo inquietante de la quiebra del Estado de bienestar.

Cristina Losada
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En España, y esto es así desde que tengo memoria, sólo cuatro excéntricos hablan de política. En los restaurantes de Madrid se cruzan rumores sobre el Gobierno. Fuera de ahí y de algún rincón que se me escape, reina la enigmática mayoría silenciosa. De modo que si uno entra, pongamos, en un autobús y oye comentarios sobre el retraso de la edad de jubilación, colige que estamos en vísperas de una revuelta. Las finas antenas del PSOE ya han recibido el mensaje. De ahí que al cabo de unas horas del anuncio, el "ejercicio de responsabilidad" –tan tardío– sea un cangrejo que se retira, asustado, a su escondrijo.

La política para afrontar la crisis se asentó en dos principios, ninguno de ellos dictado por la razón económica. Era un fenómeno mundial, provocado por los neoliberales o los neocon, según el día, y todos los países estaban condenados a padecer idénticos males. Ha resultado, sin embargo, que muchos levantan cabeza y a España le esperan días aciagos. El segundo parapeto consistía en el firme compromiso de no realizar, bajo ningún concepto, "recortes sociales". No iban a pagar los menos favorecidos los platos rotos por los poderosos. Qué bello es vivir en Rodiezmo. Hay que ver cómo se enfadó Zapatero cuando el gobernador del Banco de España sugirió reformar las pensiones. El presidente casi se rompe la mano en el intento de representar el esfuerzo de una larga vida de trabajo. Qué hombre más delicado.

Sólo de haber propuesto la reducción de las vacaciones o de la prestación del paro, podía haber causado mayor conmoción el Gobierno. Es en instantes como éste cuando la distancia entre las expectativas creadas y la tozuda realidad se manifiesta como un bofetón. Cuando la sobredosis de retórica socialista, con su puñito en alto y todo, se vuelve un boomerang. Cuando uno se acuerda de que era la derecha la que iba a dejar a la gente a la intemperie y daría tijeretazos inhumanos al gasto. Retrasar la edad de jubilación será inevitable, innecesario o simple parche, pero más que el juicio sobre su idoneidad, trasciende su carga simbólica. Es el signo inquietante de la quiebra del Estado de bienestar. Aunque el PSOE adopte la decisión previsible a la hora de elegir entre el crujido del sistema y el crujido de votos, nada puede ser ya como antes.

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