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Cristina Losada

Que cada palo aguante su lengua

Lo que reclama Touriño se concreta en que un señor de Toledo pague impuestos para que su estancia en Galicia, País Vasco, Cataluña y un cada vez más largo etcétera, le resulte lo más complicada posible.

Cristina Losada
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La novedad surge donde menos se la espera. Y así ha ocurrido con Touriño. Le veíamos un hombre poco original al presidente de la Xunta. Parecía un político gris, ajeno a la chispa de la creatividad, que en punto a renovación se había limitado a la de su parque de automóviles y su despacho. Pero hete aquí que se descolgaba ante Zapatero con una propuesta que llamaba la atención: que el resto de España pague a Galicia los costes que conlleva manejar un idioma distinto. O sea, quiere pasar a otros la factura de la coacción lingüística, una cuenta que su Gobierno con los nacionalistas ha engordado ostensiblemente.

De extenderse ese pintoresco criterio de financiación autonómica, se daría la paradoja de que los gastos destinados a la "lengua propia" fuesen abonados por los que utilizan la "lengua ajena". Es más, lo que reclama Touriño se concreta en que un señor de Toledo pague impuestos para que su estancia en Galicia, País Vasco, Cataluña y un cada vez más largo etcétera, le resulte lo más complicada posible. Un desequilibrio que puede corregirse en parte si, como ha propuesto Santiago González en El Mundo, las regiones castellanas exigen cobrarles a las otras unos derechos por usar como koiné el español.

Ante la prensa de Madrid, y expresándose en su propia lengua, que no en la "lengua propia", Touriño argumentó que el "hecho diferencial" lingüístico encarece la prestación de los servicios públicos. Quiso colar –y me temo que coló– la fantástica noción de que la Administración que él preside ofrece esos servicios en los dos idiomas. Naturalmente que no es así. La cooficialidad, en Galicia, es papel mojado. En la calle se hablan dos lenguas, pero en los predios de la Administración y sus amplísimos aledaños sólo una. No hay, por tanto, ningún coste añadido para la Xunta y sus tentáculos, ya que todo lo hacen exclusivamente en "gallego normativo".

Por lo demás, Touriño ha abierto un debate arriesgado para quienes como él trafican con el sentimentalismo del idioma. El debate sobre lo que cuesta la ingeniería lingüística y acerca de quién debe pagarla. Dado que la política de "normalización" ha despojado a la lengua de su condición de instrumento de comunicación para convertirla en signo de comunión, es hora de que sean los "creyentes" quienes financien tal empeño. Que cada palo aguante su lengua.

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