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Cristina Losada

¿Que nadie se vacune antes o vacunar a todos cuanto antes?

Se mire como se mire la lentitud es el gran problema. Pero se mire por donde se mire ése no es, entre nosotros, el gran tema de discusión.   

Cristina Losada
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Se mire como se mire la lentitud es el gran problema. Pero se mire por donde se mire ése no es, entre nosotros, el gran tema de discusión.   
Vacunación de personal sanitario en el CAP Manso de Barcelona el pasado 18 de enero. | EFE

En varios países de la Unión Europea, España incluida, hay un problema. Un problema de primer orden, que ralentiza la salida de la epidemia y agrava todos sus efectos perjudiciales. Ese problema es el lento ritmo de vacunación. ¿Por qué en el Reino Unido y en los Estados Unidos, por no mencionar a Israel, van muy por delante en un proceso esencial para evitar hospitalizaciones y muertes, y para recuperar la normalidad en la vida personal, social y económica? En ciertos países, la lentitud se puede achacar a la falta de suministro, en otros, a falta de capacidad para vacunar, en algunos, a ambas. En todo caso, habrá que analizarlo. Se mire como se mire es el gran problema. Pero se mire por donde se mire ése no es, entre nosotros, el gran tema de discusión.   

En directa relación con la lentitud y la escasez de vacunas, hay un dilema urgente. Viene de la decisión inicial de no poner la vacuna de AstraZeneca a los mayores de 55 años, lo cual excluye a las edades más vulnerables. Se basó en que los ensayos de la vacuna no disponían de una muestra suficiente de edades superiores. Pero las cosas han cambiado. La vacuna se ha puesto ya en el Reino Unido a mayores de 65, hay estudios allí que avalan su eficacia y la OMS recomendó su uso general a principios de febrero. En Francia, han decidido dar el paso. En Alemania, varios Länder lo proponen. En España, se acaba de confirmar que se mantiene el límite de edad a la espera de evidencias científicas. ¿A la espera? ¿Cómo con las mascarillas? Si esto no merece discusión, qué lo merecerá.

El caso de la vacuna de AstraZeneca es, en parte, el caso de una mala gestión política. Refrescando: cuando se anunció que la vacuna era eficaz, se echaron las campanas al vuelo. Era “la mejor vacuna”. Por la colaboración público-privada, por la implicación de la Universidad (Oxford), porque era la más barata. Todo eran ventajas. Hasta que estalló la crisis del suministro, y la Comisión Europea libró una batalla pública con la empresa, es decir, contra la empresa. De resultas, algunos Gobiernos europeos empezaron a ponerle peros a la vacuna de AstraZeneca. La secuela de esa guerra, en especial, en Alemania, pero no sólo, es que muchos ciudadanos no quieren ponerse la vacuna en cuestión. Allí tienen dosis de sobra, y no las ponen. 

Estos dos asuntos tendrían que centrar la discusión política y pública en España. Si la jerarquía de prioridades se ordenara con alguna racionalidad, sería así. En su lugar,  la gran polémica es sobre la Semana Santa, una refriega entre autonomías en la que se aportan pocas razones y asoma el prejuicio de “que no venga nadie de fuera a contagiar”. Y como debate intenso y candente, el que suscita la vacunación en Abu Dabi de las hermanas del Rey, gran error, estupidez  o a saber, pero asunto anecdótico, aunque significativo del orden de prioridades. A ver si lo importante no es vacunar a todos cuanto antes, sino que no haya gente importante que se vacune antes de que le toque.

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