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Cristina Losada

Qué vacías las calles llenas

Aún no hemos visto el día en que los alumnos protesten contra esta masificación de la ignorancia, que nos ha costado tanto dinero

Cristina Losada
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El aburrimiento, dijo una vez Robert Nisbet, es la fuerza más menospreciada de la historia.  Y no es que las últimas algaradas estudiantiles sean fuerza ni tampoco historia, pero aburridas,  hasta el infinito. Qué predecibles, qué insustanciales, las pobres, aunque, desde luego, fotogénicas. Allí donde una turbamulta queme algo, contenedor, coche, banco o antiguo cine neoclásico como el Attikon, puesto en llamas por la rebelde juventud ateniense, allí estarán las agradecidas cámaras para hacer del vandalismo  espectáculo. Fue cuando hicieron una pira del Attikon, en claro repudio a la cultura,  que un telediario puso la explicación de una ciudadana que estaba en el ajo. De acuerdo, no está bien –concedió- pero estamos tan indignados, que qué podemos hacer.

Pues eso, qué pueden hacer los probos estudiantes indignados, según se dice, por los recortes, que no sea colgar las clases, manifestarse, incendiar cosas,  impedir que la gente trabaje  o cercar -¿serán luditas?-  la sede de un Congreso Mundial de Móviles. Tal vez podrían estudiar un poco, pero eso está fuera de discusión. No se incluye esa materia en los planes educativos de talibanes. El aprendizaje, según la pedadogía progresista, tiene que ser diversión, y por qué no van a poder divertirse a su manera los chavales.  Creo que ningún bicho hace caca y pis donde come, aunque tenía que haber alguna excepción. Ay, los recortes. Ah, la calefacción. Pero qué vacías estaban esas calles llenas; vacías de motivos, de razón, de inteligencia, de altruismo, de responsabilidad, de civismo.
 
Me temo que no debe esperarse que se exponga un catálogo razonado de reclamaciones. Puede que las haya, pero la más importante de todas nunca ha despertado la menor protesta en las aulas. Por el contrario, el deterioro de la enseñanza ha recibido  siempre un apoyo entusiasta.  Así hemos logrado demostrar  la invalidez de una ecuación que establece que a mayor inversión, mejor enseñanza.  El dinero puede fluir y ha fluido, con los resultados que están a la vista en los informes PISA y en el ranking de universidades. Las tasas de las universidades públicas sólo cubren el 15 por ciento de su coste. Eso es un pozo sin fondo, sin equidad y sin sentido. En fin, aún no hemos visto el día en que los alumnos protesten contra esta masificación de la ignorancia, que nos ha costado tanto dinero.

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