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Cristina Losada

¡Quememos al filólogo!

La delirante reacción ante el artículo de Freire prueba la necesidad de esa clase de trabajos. La urgencia, incluso, de exponer la falsedad de los mitos y leyendas que sirven para justificar la coacción lingüística.

Cristina Losada
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La inquisición lingüística de Galicia anda estos días excitada. Más que de costumbre, quiero decir, pues una de las características del fanatismo es un estado de tensión permanente que busca alivio en la cacería de sospechosos. El delito de opinión ya no existe en el mundo civilizado salvo en los códigos penales propios de ese grupo de exaltados, dados a la violencia verbal y a la física que hemos de soportar en unas cuantas zonas de España. Y, conviene no olvidarlo, están ahí por obra y gracia de una política de Estado –en realidad, contra el Estado– que ha ido entregando las ideas y la cultura al nacionalismo al tiempo que se entregaba a ellas.

El asunto que tanto ha sublevado a la tropa es un artículo de un filólogo gallego, Andrés Freire, publicado en la revista Papeles de FAES. Lo suyo no es tanto opinión como información, pero hay ciertos hechos, relativos a la historia lingüística de Galicia, que no se pueden contar sin que los intolerantes echen espumarajos por la boca. Y, justo es decirlo, tampoco sin que los pequeños torquemadas que medran en la prensa, que si algo aprendieron en la universidad fue a venerar los mitos de la tribu, hagan su oscurantista trabajo de manipulación.

Así, el ensayo de Freire era presentado en varios periódicos bajo estos títulos:

La FAES tacha de "extravagancia" la normalización del gallego que inició el PP. Un informe de la fundación que preside José María Aznar afirma que el gallego sobrevivió por el "analfabetismo" del campesinado. Acusa al Instituto da Lingua de inventarse palabras.

Pues menuda acusación. Se trata de un hecho comprobado, que es objeto de controversia entre los "normalizadores". En cuanto al analfabetismo, lacra general en España durante centurias, hay que tener descaro para escandalizarse por que se cite ese factor cuando se ha abrazado el dogma del "secular atraso" de Galicia. Pero la realidad no está para chafar mostrencas consignas del tipo "Aznar insulta a los gallegos".

Durante décadas, los partidos políticos y el establishment autonómico han promovido una sacralización de la lengua etiquetada "propia" (como si hubiera lenguas impropias) que corre pareja con la demonización del español. El resultado ha sido la aparición de una ortodoxia que convierte en blasfemo y proscrito a quien quiebre el espejito mágico del narcisismo de las pequeñas diferencias. Tan frágil es la doctrina que no puede admitir que se diga que la historia lingüística de España es normal en el contexto europeo y que no existe la "anormalidad" creada por un supuesto "imperialismo castellano" sobre la que se sustenta el victimismo del idioma.

La delirante reacción ante el artículo de Freire prueba la necesidad de esa clase de trabajos. La urgencia, incluso, de exponer la falsedad de los mitos y leyendas que sirven para justificar la coacción lingüística. Sin una batalla cultural contra las "pequeñas malolientes ortodoxias" (Orwell), el fin de las imposiciones, prometido por el PP gallego, será una batalla campal y además perdida.

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