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Cristina Losada

Reformar la Constitución o no

Yo no sé si es de vital urgencia cambiar la Constitución, pero sí que, en tales condiciones, una reforma sensata es imposible.

Cristina Losada
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Yo no sé si es de vital urgencia cambiar la Constitución, pero sí que, en tales condiciones, una reforma sensata es imposible.

La reforma de la Constitución fue trending topic en el día de su trigésimo cuarto cumpleaños, que es una edad ya no tierna, pero tampoco provecta, y que sólo ha superado una de las Constituciones españolas promulgadas durante el movido siglo XIX. En realidad, el topic fue más el hecho de reformar que el de qué reformar. Así, el dirigente político que dijo que debía de modificarse, que fue Rubalcaba, se guardó de decir dónde habría que hacer las obras. Pero no se diga que el PSOE no se apunta a la renovación. ¿A cuál? Eso ya se verá. O no. Esto es banalizar la reforma constitucional, convertirla en comodín de estrategias coyunturales. Justo lo contrario de lo que ha de ser una Constitución, que debe sobrevivir a la coyuntura cambiante. Salvo que se quiera regresar al trepidante ritmo decimonónico y estrenar Carta Magna cada ocho o nueve años.

El descontento con la crisis económica y el funcionamiento del sistema político ha generado una corriente que sitúa en la Constitución la causa y el origen de las calamidades. El CIS acaba de detectar un 51,5 por ciento de insatisfechos con la Carta Magna, un dato tanto más notable cuanto que dos tercios de los encuestados apenas la conocen. Entre los partidarios de hacer tabla rasa y empezar, ¡otra vez!, desde cero están los que rodean el Congreso reclamando la apertura de un período constituyente. Pero no son los únicos que creen, con una creencia cuasi mágica, en el poder del texto, sea para traer el bien o para hacer el mal, que son dos caras de la misma moneda. Montesquieu pensaba que a los legisladores tenía que temblarles la mano cada vez que introducían una ley o modificaban otra. Aquí, las manos han temblado mucho más a la hora de hacer cumplir la ley que a la de promulgarla.

Varios proyectos razonables de reforma constitucional duermen el sueño de los justos. Tratan, básicamente, de refrenar esos excesos de la descentralización a los que la Constitución abrió la puerta, aunque sin obligar a traspasarla: eso lo hicieron los Gobiernos. El escollo insuperable es que ninguno de los dos grandes partidos está por la labor. Por esa labor. Las opciones de recentralizar/descentralizar deberían evaluarse únicamente en términos de eficiencia, pero entre nosotros aún llevan carga ideológica. Y justo cuando la marea de la descentralización está cambiando, como también detecta el CIS, el PSOE ha decidido meterse mar adentro, cubierto con la hoja de parra federal. Yo no sé si es de vital urgencia cambiar la Constitución, pero sí que, en tales condiciones, una reforma sensata es imposible.

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