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¿Qué pensará ahora quien me envió aquel mensaje el 13 de marzo? Decía: “Intoxicación informativa al qaeda ha reivindicado el atentado cuatro veces a través de medios árabes el gobierno lo niega. Pásalo”. A estas alturas, ya debe de tener claro que intoxicaciones informativas hubo más de una, pero quizá me reenvíe el texto debidamente corregido cuando se corrobore ese dato en la comisión de investigación. Ésta empezará a trabajar después y no antes de las elecciones europeas, porque hay cosas que es perentorio conocer antes de ir a las urnas, y otras que pueden esperar.
 
La reivindicación a la que se refería supongo que es el e-mail de aquel grupo islamista fantasma, pero no es cuestión de hacer tiquismiquis por eso, ni por las “cuatro veces”, detalle éste que me recuerda a algunos mensajes que circulaban cuando el Prestige: un gallego en el extranjero ofreció por tres veces el envío de barreras pero no se le hizo caso; una universidad ofreció cinco veces un programa informático para controlar la mancha, pero ni flores. Y así. Se quedaba uno preguntándose cómo afinaban tanto en ese dato y tan poco en otros. La pregunta adecuada era: ¿para qué?
 
Pero sobre lo sustancial, que es el papel de Al Qaida en la masacre, imagino que no estará tan seguro como lo estaba acerca de las veces que reivindicó. Los detenidos como presuntos autores andaban en la pequeña delincuencia, muchos estaban fichados y parece que consiguieron los explosivos trapicheando con soplones. Ni la banda de Ben Laden, ni otras que conocemos mejor aquí, se arriesgan a trabajar con tipos así. Cierto que ahora parece que “El Egipcio” era el “cerebro” (y van ¿cuatro?), y que le consideran un importante “ideólogo” de AQ, pero si le hacemos caso, empezó a planificar la matanza en otoño de 2001, y eso hace trizas el núcleo de los mensajes que rularon el 13-M.
 
El texto sólo decía que habían sido los de AQ y que el gobierno lo negaba. No hacía falta más. Cualquiera podía completar la ecuación, incluso los chicos de la LOGSE y, tal vez, ellos más que nadie. El problema era tan sencillo que un 75 por ciento de españoles, según las encuestas, lo ha resuelto: cree que el atentado nos tocó por nuestra presencia en Irak. Ni “El Egipcio” va a conseguir convencerlos de lo contrario. Es una creencia reconfortante. Como también era reconfortante castigar ipso facto a alguien: al gobierno que niega, que se resiste a confesar, como los sospechosos.
 
El proceso de transferencia de la culpa, y de proyección de la rabia y el dolor, o sea, del miedo, fue sencillo e impecable. Claro que se desplegó so capa más presentable: saber la verdad. A tal fin se congregó gente ante las sedes del PP aún violando las reglas del juego electoral; esperaban que allí se les dijera lo que necesitaban saber antes de votar. No fue así, pero todo lo que querían saber lo supieron al día siguiente. El resultado electoral colmó el ansia de verdad. Tanto, que los obedientes transmisores no han debido molestarse en repasar otra vez el texto para ver si contiene alguna micra de verdad. Quiero decir, una más, aparte del “pásalo”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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