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Cristina Losada

Ribeiro de tierra quemada

Pues es sabido, y si no, lo será a partir de ahora, que nadie utilizó políticamente aquella marea negra ni vertió un gramo de demagogia más de la que se desliza sin querer.

Cristina Losada
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Después de que en Andalucía se produjera el mayor incendio forestal que ha sufrido en los últimos años España, era lógico que a la ministra de Medio Ambiente le preocupara especialmente la situación de Galicia. Así lo hizo saber. Más inesperado fue que Cristina Narbona descubriera, entre las múltiples causas que espigan los especialistas, la que explica los incendios en los montes gallegos y, en particular, de Orense. ¡Eureka! Una cantidad de hectáreas quemadas por aquí y otra de superficie cultivada por allá, agitadas en la calculadora ministerial, condujeron al feliz hallazgo: agricultores, viticultores para más señas, prenden fuego a la improductiva vegetación para luego plantar lo suyo. Inocentes de nosotros, que bebíamos el Ribeiro sin notar el aroma a ceniza.
 
Inocentes asimismo los agricultores y demás familia rural de Andalucía, Extremadura, Castilla, Cataluña y todas las otras zonas donde hay incendios. Allí el fuego llega como el rayo de Zeus, inesperado e imbatible. En Galicia teníamos los paisanos más desaprensivos. Cuando ya éstos empezaban a echar humo, Narbona se retractó: donde dije digo, algún periodista dijo diego, concedió. Curiosamente, en todos los medios que he podido revisar, se recogían del mismo modo las palabras de la ministra. Todos interpretaron mal. Cómo está la profesión. La de ministra.
 
Para aliviar la quemadura, Narbona no tendrá que comparecer en el Congreso hasta septiembre. En Madrid, el PSOE y sus socios desempolvaron su comprensión hacia los gobernantes acosados por catástrofes naturales y tumbaron el requerimiento del PP. Lamentaron, ellos, que el PP utilizara con fines políticos el siniestro de Rio Tinto y despreciaron por demagógicas las comparaciones con el Prestige. Pues es sabido, y si no, lo será a partir de ahora, que nadie utilizó políticamente aquella marea negra ni vertió un gramo de demagogia más de la que se desliza sin querer.
 
Al tiempo que en la capital daban vacación a la ministra, en Lugo, José Blanco se indignaba por que el gobierno gallego estuviera "de vacaciones mientras Galicia arde por los cuatro costados". La situación, dijo, recordaba "los primeros momentos del Prestige". Del mismo partido, rama gallega, el diputado Ismael Rego remachaba el clavo: los incendios guardan importantes parecidos con la catástrofe del petrolero. Pero lo que en Madrid es demagogia, en Galicia, por efecto del Ribeiro de tierra quemada, es la simple y pura verdad del político sin otro interés que el bien común. Y lo que allí rezuma utilización política, aquí es labor de oposición responsable.
 
Aún con el mejor vino del mundo sería difícil tragar tanta doblez. Pero las diferencias entre Galicia y Andalucía son notorias desde la perspectiva del gobierno. En la primera hay que quemar a alguien, y en la segunda hay que procurar que alguien no se queme. Entretanto, el fuel del Prestige se extrae del pecio ante la indiferencia del atún rojo. Desactivada esa bomba de relojería marina, hay que encontrar la mecha en tierra. El año que viene, elecciones gallegas.

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