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Cristina Losada

Save De Juana

Qué venganza ni qué leches. Más allá de los intríngulis jurídicos, hay un sentido de la justicia que se revuelve contra el hecho de que un criminal que no se ha arrepentido ni reinsertado no cumpla siquiera un año de prisión por cada uno de sus asesinatos

Cristina Losada
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No podía saber Boris Vian cuántos llegarían a cumplir el deseo del protagonista de su más célebre obra. Cuántos, después de asesinar, se darían el gusto de escupir sobre las tumbas de sus víctimas. Pecaba de optimista Paul Johnson cuando cifraba en una década el promedio de tiempo para que un terrorista ascendiera a la condición de tipo respetable sin haberse distanciado de su actividad criminal. Aquí hemos visto al capo de la mafia etarra en la comisión de derechos humanos del parlamento vasco. Aquí el tiempo vuela. Bastan cuatro semanas sin muertos para que la maquinaria gubernamental se disponga a premiar la nueva tregua con la suelta de un asesino en serie. O, por mejor decir, con un atentado y dos asesinatos han conseguido que Zapatero vuelva a ceder a uno de sus chantajes. Está por ver si la Justicia accede. No será por Cándido y sus fiscales. El tema no es smoke on the water, sino togas en el fango.

De la catadura de De Juana Chaos no es preciso decir nada. Hablan de ella sus veinticinco asesinatos, su burla de los familiares de las víctimas y sus amenazas. De sus seguidores, lo mismo. De tal palo, tal astilla, tengan o no las manos manchadas de sangre. Justifican y alientan "el asesinato necesario", por decirlo con los términos que Auden empleaba en su poema "España", el que luego retiró de sus obras por esa expresión precisamente, aunque no antes de que Orwell se lo afeara. Pero hete aquí a unos políticos que se dicen demócratas, a sesudos medios, a panzudos opinadores, a gentes que dicen aborrecer la violencia, lanzados a una campaña para que se libere al asesino de 25 personas. Tal vez no consideran personas a los 17 guardias civiles que mató De Juana. Quizá el asesinato político no reviste para ellos la gravedad de la violencia machista. Predica Ibarreche que hasta los peores criminales tienen derechos humanos. Pero sabemos que habla sólo de los peores criminales de ETA. Como sabemos que los derechos de las víctimas no existen para él y los suyos. Tienen los héroes que se merecen. Y hoy luce en lo más alto del estrellato jeltzale y abertzale el destripador De Juana.

Hubiera sido menos hiriente que la ignominia recorriera en silencio el escenario. Pero hablan. Y si por la boca muere el pez, el merluzo no digamos. Ahí está López, asegurando que "lo más importante en este momento" es salvar la vida de De Juana, preocupado por que muera y luego el tribunal lo absuelva. ¡Sería irreversible! Tanto como la degradación moral de Patxi Nadie. Allí corea Chaves que no conviene darle a ETA un nuevo mártir, ergo para que así sea, la democracia española ha de arrojar al vertedero a sus mártires, incluidos sus compañeros asesinados. Acullá recurren a los efectos lacrimógenos, a las "razones humanitarias" y la "piedad humana" que jamás han dispensado los pistoleros. Seamos buenos con los malos, dicen. De lo contrario, caemos en la venganza. Qué venganza ni qué leches. Más allá de los intríngulis jurídicos, hay un sentido de la justicia que se revuelve contra el hecho de que un criminal que no se ha arrepentido ni reinsertado no cumpla siquiera un año de prisión por cada uno de sus asesinatos.

Que saquen a De Juana es una injusticia, pero este espectáculo de plañideras que claman en su favor humilla a la sociedad democrática. El socialismo gobernante une su voz a los nacionalistas y proetarras para gritar "save De Juana", y con ello certifica que une su destino a esa banda, y a la que pone las bombas. Hay que reconocer algo profético en la obra escrita de ese criminal. Esas líneas que dicen: "y terminaremos a carcajada limpia". Se reirán él y los suyos, sobre todo, de los que quieren salvarlo. Cavan estúpida y voluntariamente su propia tumba.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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