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Señores y siervos en Cataluña

Ser catalán, en su constructo, es sentirte catalán como el nacionalismo dice que has de sentirte catalán.

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Ernest Maragall | EFE

Ernest Maragall aprovechó la edad para hacer un discurso políticamente gamberro en la constitución del Parlamento catalán. Lejos del papel institucional que le correspondía, se lanzó a un ataque contra el "Estado español", expresión que le resultará familiar de la época franquista, y a una defensa de todo cuanto ha hecho, esto es, de todo cuanto ha deshecho el separatismo estos años. Concluyó con estas palabras, a la vez declaración de beligerancia y de propiedad: "Este país será siempre nuestro". Si alguien se pregunta para quién reclama la propiedad exclusiva y permanente de Cataluña, si quiere saber de qué nosotros estaba hablando, bueno, que oiga el discursito completo con su anclaje en "lo que es y ha sido siempre" Cataluña y su rechazo del supuesto plan del maléfico "Estado español" para proceder a su "asimilación definitiva".

Cuando un separatista dice que Cataluña es suya, siempre quiere decir lo que dice. Su nosotros es el nosotros nacionalista, y excluye a los otros: los no nacionalistas. Por supuesto, en ese saco de excluidos están el resto de los españoles, a los que no conceden ningún derecho para decir nada sobre Cataluña, y no diremos ningún derecho de propiedad porque hablar en los mismos términos que los nacionalistas es muy poco aconsejable. El nacionalismo excita, al mismo tiempo, el sentimiento de pertenencia y el sentido de la propiedad, de manera que ambos son inseparables. Ser catalán, en su constructo, es sentirte catalán como el nacionalismo dice que has de sentirte catalán. Si eres así, entonces, tienes derechos de propiedad sobre Cataluña. El resto son intrusos. Invasores.

Hay, no obstante, un sentido casi literal en la frase de Maragall, tratándose de un miembro de una de esas familias catalanas que siempre han estado en el poder, de un modo o de otro, no importa bajo qué régimen. Su nosotros no sólo es el nosotros político y excluyente típico del nacionalismo. Es también el nosotros de una clase, una élite o una clerecía. Son los que mandan. Los que han mandado toda la vida. Los nacionalismos, decía hace poco la escritora de origen turco Elif Shafak, "son la herramienta con que una élite se apodera del Estado". Una de las herramientas, sin duda. En Cataluña ha resultado una herramienta muy eficiente. Y muy costosa.

No es casualidad que un discurso como ése, un discurso de afirmación de los derechos de propiedad nacionalistas sobre Cataluña, haya inaugurado la constitución de un Parlamento en el cual el partido con más votos no es nacionalista, sino todo lo contrario. Es una declaración de guerra frente a lo que ven como una amenaza a su dominio. Es la primera vez que creen que su hegemonía corre peligro. Ciudadanos, un partido que no se reclama de la tradición catalanista de la que se nutre el nacionalismo, ha ganado las elecciones, y aunque no pueda formar gobierno, les inquieta su fuerza. Es la fuerza que ha cobrado una ciudadanía a la que los nacionalistas tildan de ajena. De ahí el rugido de indignación con que recibió el separatismo el hecho, no inédito, de que diputados de C’s permanecieran en silencio mientras se cantaba Els segadors en la sesión. Ahí estaba, dijeron, la prueba del nueve de que no se sienten ni son catalanes. En realidad, no les hace falta ninguna prueba, porque eso es lo que han dicho siempre. Da igual qué cante o deje de cantar, el no nacionalista está fuera del redil y de la propiedad. Es un ocupante y un usurpador.

Se ha comparado la declaración de dominio de Maragall con la frase de "la calle es mía" que se atribuye desde hace muchos años a Fraga. Pero ni siquiera un ministro de Gobernación del gobierno de Arias Navarro como fue Fraga se atrevió a decir que el país era suyo. Dijo, si es que realmente lo dijo, que era suya la calle: el orden público. Ninguna limitación conoce en cambio el separatismo catalán a la hora de arrogarse la propiedad de Cataluña. Y menos limitaciones conoce aún a la hora de advertir y amenazar a quienes no están dispuestos a seguir siendo los siervos del feudo nacionalista. Ahora que salieron del silencio, el empeño del separatismo será callarlos.

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