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Cristina Losada

Sexismo propiamente propio

Ya disponemos en Galicia de una "violencia de género" propia, fruto sin duda de un machismo propio –o noso machismo–, que es diferente del que se estila en Madrid o en Murcia.

Cristina Losada
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Fue Montesquieu quien escribió que a los legisladores les debería temblar la mano antes de promulgar una nueva ley o modificar otra, y ha de ser por ello que quienes gobiernan en España desoyen el consejo. A fin de cuentas, al autor del Espíritu de las Leyes lo enterraron los dirigentes socialistas tiempo ha para sepultar su aportación capital a la teoría política: la separación de poderes, a fin de que el poder frene al poder. El PSOE, de frenar el poder cuando lo posee, no quiere saber nada. Y los nacionalistas, segundos personajes de esta historia, menos. Siendo profundamente intervencionistas ambos, es natural su afición por producir leyes como churros, dicho sea en los dos sentidos en que puede interpretarse la expresión. Y ello, al tiempo que conculcan otras, que son, por lo general, las que garantizan la libertad y la igualdad ante la ley.

Pero, además, los dos socios le dan a la manivela legislativa en la convicción de que una nueva ley constituye una gran oportunidad publicitaria; la ocasión para hacer creer que tienen la voluntad y la capacidad de resolver tal o cual problema. Si, como suele ocurrir, no los solventan sino que los complican o crean otros nuevos –que así las gastan las consecuencias impredecibles– buscan algún chivo expiatorio al que colgarle el fiasco.

Al Gobierno autonómico de Galicia, fiel a esa tradición, no sólo no le tiembla la mano a la hora de alumbrar leyes, sino que considera motivo de orgullo la fertilidad en ese ámbito. Así, Touriño acaba de jactarse de que su era presidencial ha sido la "más fecunda" por su generación de mamotretos legislativos, con un total de 32 en su haber desde su arribada en 2005. Como la cantidad importa, tiene otros nueve en ciernes para el semestre próximo. No fue posible, ay, el nuevo Estatuto, que prometía competir en extensión y prolijidad con el de Cataluña y, por tanto, con la Constitución norcoreana, pero nuestros próceres hacen por desquitarse.

En esa carrera por producir leyes y propaganda de una tacada se encuentra el sentido de la escena vivida en el parlamento gallego este martes, cuando se aprobó la Ley Gallega para la Prevención y Tratamiento Integral de la Violencia de Género. Sobran las preguntas impertinentes del tipo: ¿pero no existe una ley idéntica en España? ¿Y no la aplaudieron los partidos que ahora consideran necesario introducir esta otra? Y sobran, porque pasan por alto esa doctrina nacionalista que dicta que del mismo modo que hay "lengua propia", también existe lo "propio" en todo lo demás, y si no, se inventa. Por lo cual ya disponemos en Galicia de una "violencia de género" propia, fruto sin duda de un machismo propio –o noso machismo–, que es diferente del que se estila en Madrid o en Murcia, lugares que cito por ser aquellos de los que siempre quiere distanciarse el nacionalismo autóctono. Galicia tiene "características especiales" en la violencia contra las mujeres. Así lo ha declarado Quintana, quien cada día hace méritos para llegar a ser el Bismarck de Allariz, y punto.

La recién nacida norma ha venido con un pan debajo del brazo para el vicepresidente gallego, quien ha podido emular, por fin, a ZP en su pose para un retrato de varón rodeado de agradecidas féminas, así como en otras posturas de éxito. Verbigracia, la de consignar el "momento histórico" y colocarnos a la vanguardia de Europa, una Europa renuente –¿por qué será?– a ese tipo de leyes. Y en eso de la vanguardia llevan camino de acertar: desde que rige la ley que iba a acabar con la violencia contra las mujeres, esa lacra y los asesinatos, en particular, han aumentado vertiginosamente.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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