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Cristina Losada

Sexo en Nueva York y otros viajes oficiales

En lugar de a Sam, tenemos a Pam, que es de Pontevedra, pero el tema del viaje no estaba tan lejos del de la serie. Era el género, antes llamado sexo.

En lugar de a Sam, tenemos a Pam, que es de Pontevedra, pero el tema del viaje no estaba tan lejos del de la serie. Era el género, antes llamado sexo.
Twitter/Ángela Rodríguez Pam

Nunca es el qué, sino el quién. En septiembre, un viaje oficial de la presidenta de Madrid a Nueva York causó escándalo en parte de la opinión publicada. Se dijo que no sabía ni papa de inglés. Se escribió que su periplo neoyorquino parecía sacado de la de Paco Martínez Soria, "La ciudad no es para mí", film que no he tenido el placer de ver, pero que abunda, creo, en las torpezas del paleto que, con la boina calada, llega a la modernísima capital. Algún tiempo después de aquel viaje, el diario El País se ocupó de informar a sus lectores de cuánto se habían gastado Ayuso y su comitiva en hoteles y en comidas, más costes como el de llevar a un equipo de Telemadrid para la ocasión.

Bien. Habrá que esperar a que se haga un escrutinio similar del viaje oficial a la meca neoyorquina que han realizado la ministra Irene Montero y tres asesoras para tener una idea de cuánto ha costado la broma, incluido el uso del Falcon en el que parece que se han desplazado. Tal vez haya que esperar sentados a que esta información la proporcione algún medio en la órbita de alguno de los partidos del Gobierno. Porque es un hecho comprobado que la crítica, el escándalo y el escrutinio nunca vienen por aquello que se hace, sino siempre por quién lo hace. La instalación de esa norma entre nosotros explica seguramente muchas conductas de otro modo inexplicables. Entre ellas la novedad de que haya cargos públicos que no se molestan en dar a sus viajes oficiales al extranjero el aspecto sobrio, aburrido y fatigoso que tiene, por definición, un viaje oficial.

Montero y sus asesoras han dejado imágenes muy relajadas. Alguna, como un selfie en Times Square, era tan de turista que parecía un montaje. Pero no. Era auténtica. Era el selfie de cuatro amigas de parranda en la Gran Manzana. Cuatro eran, como eran cuatro las de "Sexo en Nueva York". En lugar de a Sam, tenemos a Pam, que es de Pontevedra, pero el tema del viaje no estaba tan lejos del de la serie. Era el género, antes llamado sexo. Todo lo que dicen de feminismo las podemitas, lo copian de las norteamericanas, así que el viaje fue para ver el original. Para tener una foto con Gloria Steinmen, a sus 88 años. Para codearse con las hermanas mayores. Por qué era un viaje oficial es una buena pregunta. Mientras tanto, lo que tenemos son los selfies y fotos de cuatro amigas pasando unos días de cine en la ciudad soñada.

No vamos a ponernos puritanos con los viajes oficiales. Si hay que ir, se va. Pero manteniendo las formas. Que no parezca que van de vacaciones. Que parezca que van a trabajar. Y los selfies, prohibidos. Es intrigante lo que le ha pasado a Podemos. Se hizo fuerte lanzando paletadas de demagogia contra los políticos, contra sus sueldos y sus coches oficiales, contra sus privilegios reales o supuestos, y fue cayendo en vicios de la casta que denunciaba. Les pasó a Montero y a Iglesias con el chalet de Galapagar. Fue el primer y decisivo tropezón. Incomprensible. Pero siguen sin percibir la disonancia. Es una peculiar forma de blindaje. No ven el contraste entre su demagogia y sus alardes de "nouveau rich", y el problema es que su electorado, sí.

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