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Cristina Losada

Si esa es la 'nueva política', denme la vieja y achacosa

La última vez que Europa asistió al nacimiento de una auténtica innovación política y no una reforma de andar por casa fue cuando surgieron los totalitarismos.

Cristina Losada
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La última vez que Europa asistió al nacimiento de una auténtica innovación política y no una reforma de andar por casa fue cuando surgieron los totalitarismos.

El derrumbe económico ha traído el éxito de movimientos cuya distintivo es el rechazo a la clase política, que toma el lugar que los marxistas, con mayor aparato teórico, reservaban para la clase dominante. Tienen, desde luego, su impronta anticapitalista, pero no es de lo que más hablan ni lo que más interesa de ellos a los medios, su caja de resonancia, incluso cuando los atacan (o por eso). Sobre todo, hablan contra los políticos –como si ellos no lo fueran– y la vieja política, que dan por tan superada que no merece siquiera el rechazo. Ahí tenemos a Grillo y sus cinco estrellas (nada que ver, ¿o sí?, con nuestra Talegón), declarando difunta toda la política previa a su advenimiento. Su brave new world ya está aquí, viene a anunciarnos.

Tengo para mí que se equivoca; es más, lo espero. La última vez que Europa asistió al nacimiento de una auténtica innovación política y no una reforma de andar por casa fue cuando surgieron los totalitarismos. Eso sí que fue una tabula rasa, una genuina novedad de palo y tentetieso, que borró del mapa la achacosa y deficiente antigua política. Y lo hizo con las mejores intenciones, aunque no para el individuo, forzado a sufrir en aras del paraíso futuro. Esto no significa que los movimientos de ahora porten el germen totalitario, pero la experiencia debería alertar contra los predicadores de una nueva política que ofrece soluciones drásticas y definitivas y, al tiempo, increíblemente fáciles e indoloras.

Los revolucionarios de antaño no ocultaban que la radical transformación se haría a sangre y fuego. Los que hoy exclaman "¡Abajo todo!", santo y seña del qualunquismo, por volver a Italia, están en el terciopelo de la revolución sin violencia y en el paraíso al alcance de un clic. No sé si es adanismo, ingenuidad o ignorancia, pero su nueva política consiste, en breve, en mandar a casa o a la cárcel a los políticos profesionales, sustituirlos por amateurs y hacer participar al ciudadano en las decisiones de gobierno. No imagino mayor pesadez que dedicar mi tiempo a debatir online los presupuestos generales del Estado con millones de personas, pero a eso parece que nos abocarían estos nuevos viejos movimientos.

Claro que no son antipolíticos: son la versión pirata de la política que se quiere salvación, la que no se contenta con limitarse a paliar los males inevitables, abstenerse de aumentarlos y reformar sopesando costes y ventajas. Frente a los salvadores y virtuosos implacables, me quedo con la vieja, fangosa, lenta y pecaminosa política que, a base de ensayo y error, se ha ido configurando en las democracias parlamentarias. 

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