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Cristina Losada

Silencio y ruido

Futuro y pasado, no presente. A día de hoy, mañana quién sabe. Virtualidad. Dialogar por negociar. Los problemas del socialismo gobernante con el lenguaje son serios. Pero políticamente útiles

Cristina Losada
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En los años cincuenta, el compositor John Cage estrenó una pieza titulada 4’ 33’’, que consistía ni más ni menos que en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Fue un gran escándalo. En España, ahora mismo, acaba de componerse una pieza silenciosa mucho más larga. Ha durado cuatro días, de momento. La ejecución ha corrido a cargo del presidente del Gobierno, que desde que el parlamento vasco aprobó la ruptura unilateral con la Constitución y el Estatuto, ha optado por el silencio. Pues silencio viene a ser el que Rodríguez Zapatero no se haya dirigido a la Nación, con la seriedad que requiere el caso, para decir lo que tuviera que decir. Con unas palabras en entrevistas en la prensa y unas declaraciones tras una visita a una residencia de ancianos en Sevilla, ha resuelto la papeleta.
 
Las declaraciones informales, a lo casual, de ZP, han salpicado la pieza con menos vigor del que hizo gala el pianista de Cage, que marcaba los tiempos cerrando y abriendo la tapa del instrumento. En lugar de un lenguaje claro y preciso, ha sacado un verbo enmarañado y confuso, caro a los políticos que quieren mantenerse en la indefinición. Ha dicho que lo de Ibarreche "no se inscribe en el futuro", sino en el pasado. Ha manifestado su "plena confianza en que esa propuesta no tiene a día de hoy ninguna virtualidad jurídica". Ha afirmado que "se puede dialogar de todo dentro de la Constitución y fuera de la Constitución, nada". Futuro y pasado, no presente. A día de hoy, mañana quién sabe. Virtualidad. Dialogar por negociar. Los problemas del socialismo gobernante con el lenguaje son serios. Pero políticamente útiles.
 
Mientras el presidente mantenía silencio, o por seguir a Cage, que decía que el silencio no existe, producía sonidos, la orquesta gubernamental afinaba los instrumentos. Casi todos con sordina. En el ruido sobresalían dos notas: una decía calma, tranquilidad, normalidad; otra, que aquello que la Fundación para la Libertad califica de "reto de naturaleza sediciosa" a la democracia española, era un asunto a dirimir en las urnas vascas. En mayo. Como agua de mayo van a venir esas urnas, si hemos de creerles. Aunque es difícil de creer que ellos mismos se lo crean. Y aún más difícil de tragar la médula del argumento, basado en la misma lógica que el propio plan rupturista. Se traslada a los vascos lo que afecta y compete al conjunto del pueblo español. Se deja solos a los constitucionalistas vascos. Se olvida que las víctimas del terrorismo de ETA lo han sido por ser españolas. Pero se gana tiempo.
 
No ha podido cogerle a nadie por sorpresa la aprobación del plan. Tampoco que Batasuna diera el sí, aunque algunos simularan caerse del guindo e hicieran cruces y aspavientos. Por algo el PNV ha mantenido al mascarón político de la banda contra viento y marea en el parlamento. Decir que no pasa nada, cuando pasa, no tranquiliza, inquieta. Y en política, como en música, los silencios están en la partitura.

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