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Sillas, carteras y otras minucias

Fue bonito hacer campaña contra los políticos, pero ahora hay que hacer política. Y hablar de sillas, por supuesto.

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Uno de los tópicos políticos menos acertados de estos años ha consistido en contraponer una "vieja política" a una "nueva política". Yo no dejo de insistir en que esta historia es vieja como el hambre, y que ya Ortega la introdujo en 1914 en una conferencia que se tituló tal cual, "Vieja y nueva política", en la que declaraba muerto el régimen de la Restauración. Es, lo sé, una insistencia perfectamente inútil. Pero quizá no sea tan inútil explorar algunas consecuencias del arraigo del tópico, arraigo relacionado con el afán de los nuevos partidos por enfatizar sus diferencias con los dos tradicionales.

La promesa implícita en aquel tópico era: "Vamos a hacer política de una forma distinta". Esto no es lo mismo que hacer una política distinta, cosa que se presupone a los diferentes partidos. Para eso están: para proponer y, en su caso, realizar políticas distintas. Pero así como las diferencias de las propuestas se captan enseguida, las diferencias en las formas de hacer política resultan mucho menos evidentes. ¿En qué han de consistir? ¿Cuáles serían esas nuevas formas? Me temo que preguntar en detalle por ello es como preguntar en detalle al PSOE por la reforma federal: los detalles que explican no tienen importancia y los que no explican, pero implican, son un error.

El caso es que lo poco que explicitaron los nuevos partidos sobre las nuevas formas se traducía en un férreo rechazo a las sillas. No hablaremos de sillas, no negociaremos sobre sillas, no queremos sillas. Esta fue, más o menos, la letra que le pusieron a la música de la nueva política. Poca cosa, en verdad. Y era de esperar que, pasadas las elecciones, la alergia a las sillas remitiera. De algún modo tendrían que sentarse los diputados de los nuevos partidos, y en el Congreso, para empezar a hablar, hay que constituir la mesa y formar los grupos parlamentarios. Aun dejando al margen la posible formación de gobierno, todo eso ya era asunto de sillas. Lo digo sin ningún deje peyorativo.

El nuevo partido Podemos perseveró, sin embargo, en el menosprecio a las sillas. Cuatro días después de las elecciones, el que ocupa la silla de secretario general decía que no era el momento de hablar de "las sillas en el Congreso de los Diputados", sino de "las familias". Era Nochebuena. Al cabo de otros cuatro días, y de una reunión de hora y media con Rajoy, dijo: "No toca hablar de sillones, sino de los problemas de España". Pasó de la silla al sillón, que es casi poltrona, seguramente porque estaba en La Moncloa. Todo ello al tiempo que Podemos y sus confluencias –ahora lo llaman así– exigían cuatro grupos parlamentarios en el Congreso. No era el momento de hablar de sillas, pero organizarlas para disponer de más tiempo y más dinero lo han elevado a condición para pactos.

Algo de razón tiene Jordi Sevilla cuando, al conocer una propuesta de intercambio de sillas de la confluyente Oltra, puso en Twitter: "Al final, asientos y sillones como línea roja. La Política de siempre". Naturalmente. Aunque negociar asientos, sillones y carteras no es un comercio indigno. Dependerá de qué y cómo. En cualquier caso, es un comercio necesario. El problema para negociar tales cosas, como para acordar otras de mayor enjundia, lo tienen aquellos que han quedado prisioneros de su rechazo a la política de siempre. Fue bonito hacer campaña contra los políticos, pero ahora hay que hacer política. Y hablar de sillas, por supuesto.

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