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Cristina Losada

Sin intermediarios

El Gobierno de la Nación no habla por ellos. Ha dejado de ser la voz de quienes sufren el terrorismo y de quienes quieren combatirlo. Las víctimas han tenido que recordar que los asesinos son asesinos porque el Gobierno lo calla.

Cristina Losada
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Uno de los intelectuales que le quedan al PFFR (poder fáctico fácilmente reconocible) acaba de teorizar sobre los elementos fundacionales de la democracia española. Carlos Semprún Maura ha desmenuzado aquí el asunto, arreándole un buen estacazo (intelectual) a Antonio Elorza. El catedrático venía a decir que la madurez para la democracia y de la democracia había quedado plasmada en la reacción política y social ante dos matanzas, ambas con epicentro en Atocha. La de los abogados laboralistas del PCE, en 1977, y la masacre del 11-M. La reacción ante el 11-M hizo, desde luego, historia: por vez primera, se culpó a un Gobierno de un atentado terrorista. Los que se desgañitaban berreando "Aznar asesino" fueron vistos por todos (menos por Elorza). Los que fueron por la noche a las sedes del PP para darles su merecido a los "asesinos", lo mismo. Los que así reventaron la jornada de reflexión y sellaron el ambiente putschista con su "aló, un Gobierno que miente", ídem. Bien mirada, la reacción de una parte de la sociedad al 11-M sí constituye un elemento fundacional, pero no de la democracia, sino de otra cosa. Esta por la que transitamos. En realidad, fue un elemento crepuscular. Final. Prueba de que vivimos bajo la luz tenebrosa del ocaso es que desaparecen de la vista (por ejemplo, de Elorza) unos episodios que no sólo marcaron un hito, sino también un resultado electoral.

Puestos a elegir elementos fundacionales entre las reacciones sociales a tal o cual suceso, hay dos que destacan: la salida masiva contra el secuestro y el asesinato de Miguel Ángel Blanco; y la multitudinaria oposición a las cesiones ante ETA. Frente a la "contención" que valoraba Elorza, o sea, la pasividad, estos casos son de activa participación. Contra el "no hacer" que predican los taoístas, y los socialistas cuando ocupan las poltronas, los ciudadanos se lanzaron entonces, y ahora, a hacer algo. Algo que trasciende el aspecto sentimental y emotivo que suele recogerse en la frase "solidarizarse con las víctimas". El principal enemigo declarado de la democracia española ha sido y es ETA. Con todos los apéndices que le cuelgan. Y los grandes recolectores. El apoyo a sus víctimas siempre es una declaración política y nacional. Una afirmación contra la negación. Una defensa contra las termitas y los buitres.

Esa defensa dio el sábado pasado un salto cualitativo. Y significativo. Similar al constatado cuando secuestraron al concejal de Ermua, pero no idéntico. En 1997, los que salieron a la calle se dirigieron a la banda terrorista para exigir la liberación de Miguel Ángel. El 24 de febrero de este año, las víctimas interpelaron directamente a los verdugos para exponerlos como lo que son. No lo habían hecho. No como lo hicieron Toñi Santiago, Gerardo Puente y Manuel González Bermúdez en la plaza de Colón. Y la razón es tan sencilla y poderosa como lo fue su modo de expresión: el Gobierno de la Nación no habla por ellos. Ha dejado de ser la voz de quienes sufren el terrorismo y de quienes quieren combatirlo. Las víctimas han tenido que recordar que los asesinos son asesinos porque el Gobierno lo calla. Rememoraron en público su sufrimiento, porque ZP, lapsus freudiano andante, llama accidentes a los atentados y hombres de paz a los terroristas y está encantado de dejarse seducir por la serpiente. Antes, casi antaño, eran las instituciones las que celebraban homenajes a las víctimas de ETA. Con Zapatero, han de hacérselos ellas mismas. Sin intermediarios. Pues el Gobierno habla con los verdugos. Y habla para ellos y, a veces, por ellos.

Nota conspirativa: De Juana Chaos en 1998: "Si los integristas quisieran, los españoles echaban a correr de aquí en una semana". Teoría de la "doble presión".

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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