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Somos jóvenes y ya está

Los emergentes harían bien en subrayar menos que son nuevos y jóvenes, y más que saben hacer política. Para adultos.

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Lo mejor de los debates es el cigarrito de después. Así, concluido el último, los ausentes Iglesias y Rivera decidieron fumarse la pipa de la paz. Esto a pesar de que el primero cantara en la campaña catalana que él de pipas de la paz, cero. Bueno, él o su personaje Coleta Morada. Pero a la vista de la bronca bipartidista, los líderes de los partidos emergentes quisieron incidir en uno de los asuntos que llevan, de alguna manera, en común: lo nuevo frente a lo viejo.

La oposición vieja-nueva política ha tenido una vida intensa. Tan intensa y azarosa que en su breve existencia se ha llevado por delante a quien primero tronó contra la vieja política y los viejos partidos, que no fue otra que Rosa Díez. Aunque si vamos a las fuentes hay que decir que la idea tiene más antigüedad: es de 1914. Fue el año en que Ortega y Gasset, en el Teatro de la Comedia de Madrid, hizo una crítica demoledora del régimen de la Restauración en una conferencia que se tituló así: Vieja y nueva política. No todo está inventado, pero a veces resulta que lo está.

Tenga la idea cien años o dos y medio es indudable que se ha asentado como un nuevo eje en la política española. Los intérpretes de la opinión pública suelen coincidir en que lo es, aunque no haya anulado al clásico izquierda-derecha, y en que se ha traducido plásticamente en un eje jóvenes-mayores. Los exploradores de sondeos certifican que la brecha generacional se hace patente en la intención de voto a los partidos. La gran frontera se sitúa alrededor de los 54 años. PP y PSOE tienen a la mayoría de sus votantes por encima de esa edad, mientras que los dos emergentes los consiguen entre los que están por debajo de ella.

Las explicaciones rozan lo obvio, como constatar que las personas de más edad están menos predispuestas a lanzarse al cambio y a la innovación que las jóvenes. Grosso modo, pues él lo explicó con mucho más sutileza, esa era la razón de que el filósofo Oakeshott, en su Qué es ser conservador, arguyera que la política resultaba una actividad inadecuada para los jóvenes, ¡y precisamente por sus virtudes! Claro que esta opinión sería abucheada hoy en España, y no sólo hoy: a lo largo de las cuatro décadas de democracia se ha preferido, por lo general, a presidentes del Gobierno jóvenes.

Hay más posibles causas de esta divisoria generacional. Una verosímil guarda relación con las consecuencias de la crisis: el desempleo ha afectado especialmente a los menores de 40 años. Toda la cháchara de los dos grandes partidos sobre el desempleo juvenil no ha logrado convencerlos. Pero si damos por cierto que este problema y otros vinculados a él son los que apartan a los jóvenes -o menos mayores- de los dos partidos tradicionales, los emergentes ¿no tendrían que haberse esforzado más en responder a esas preocupaciones específicas?

La insistencia en proclamar que son lo nuevo frente a lo viejo, que son el presente y el futuro frente al pasado, no basta. No debería bastar. Peor aún, así se dan un aire frívolo de juvenilismo. Como si dijeran: somos buenos, somos mejores, porque acabamos de llegar y somos jóvenes, ya está. Por cierto, Pedro Sánchez tampoco es un abuelete. El asunto juvenil como gran asunto tuvo su época en los sesenta, cuando todo el mundo hablaba de la lucha generacional. Aproximadamente ahí empezó a fraguarse la perpetuidad de la adolescencia. En realidad, es una vuelta atrás esta promoción de lo nuevo por joven, y de lo joven por nuevo. Los emergentes harían bien en subrayar menos que son nuevos y jóvenes, y más que saben hacer política. Para adultos.

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