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Cristina Losada

Tentaciones disolventes

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En los años de la Transición hube de hacerle una entrevista a un alto cargo por mandato imperativo de mis jefes. La pieza debía ser larga, para que ocupara una página del periódico –el diario Pueblo, que en paz descanse– así que la tarea de transcribir la grabación fue doblemente ingrata. Más todavía, pues no me interesaba nada lo que decía el buen señor y tenía que descifrar su verbo, que era una fronda espesa. El caso es que no me limité a la poda habitual de latiguillos, y donde pude aclarar algo lo aclaré, por mi salud mental y la del posible lector. Al poco recibí una misiva del entrevistado agradeciéndome que hubiera recogido sus palabras “con tanta fidelidad”. Aún no sé si lo dijo irónicamente, o si creía que él había hablado así. No volví a “mejorar” tanto una entrevista, y mi criterio ha sido: que cada palo aguante su vela.
 
He imaginado al señor Caldera enviándole al redactor de El País que le hizo el favor de cambiarle un “indigente” por un “insolvente” –yo hubiera preferido “disolvente” para mayor regocijo y confusión– una tarjeta como aquella que yo recibí. La situación, sin embargo, no es comparable: Caldera tendrá que mandar algo más. En una entrevista se admiten retoques, pero unas declaraciones que han sido recogidas y emitidas por diversos medios de comunicación, no pueden “arreglarse”. Pasamos entonces de la corrección a la manipulación en el peor sentido: en el de adulterar. Para más inri no se trataba de un asunto baladí: el ministro de Justicia dijo que una propuesta del PSOE es idéntica a otra del Plan Ibarretxe y no cabe en la Constitución, y el portavoz socialista respondió que el ministro es un “indigente jurídico”.
 
Cayó Caldera, de nuevo, en la tentación de ir de sabio con los que han acreditado saber más que él de la materia, y no hay que decir lo obvio acerca de quién ha mostrado mayor indigencia –intelectual– en este caso. Posiblemente haya sido el espanto ante esa evidencia lo que movió a El País a dar el cambiazo. Pero un falseamiento de ese calibre nos llena de incertidumbre acerca de la fiabilidad de la información de un medio. Porque no se trata de un error, sino de la expresión de una voluntad de crear una realidad “a la medida”. Esa voluntad es visible, salvo para los adictos y los ingenuos, día tras día, pero en esta ocasión se les ha ido la mano en la cocina. Han refinado el plato con una tosquedad que, por cierto, le cuadra al protagonista del caso mismo.
 
Que el periódico español que más ostentación hace de “calidad” y que exuda superioridad por todos sus poros haga esas trampas, revela dos cosas, por lo menos. Una, que de la solvencia informativa sólo le va quedando la pose. Y aunque la pose siempre ha sido lo principal en el producto prisaico, algo de combustible hay que echarle para que ande. Dos, que se atreve a hacerlas porque cree flotar en un Olimpo invulnerable. En parte, tiene razón. Sus fieles no le abandonarían por eso aunque se enteraran y los políticos a diestra y siniestra no dejarán de rendirle pleitesía y de temerle. Los que debemos vencer una espontánea repugnancia para poder leerlo somos irrecuperables mavericks, ¿quién nos va a hacer caso? Pero la insolvencia informativa tiene a la larga un efecto disolvente. Si no ponen más cuidado, se les acabarán viendo los pies de barro. Claro que estos insolventes nunca van a ser indigentes. Eso, garantizado.

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