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Cristina Losada

Últimas voluntades

Hay en esa lista que recogen los rumores un aroma a últimas voluntades. Como si ésta pudiera ser la postrera oportunidad que algunos tienen de llegar a ser ministros y les premiaran los servicios prestados con el cargo. Y a lo grande.

Cristina Losada
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Un conservador norteamericano dijo una vez que prefería que gobernaran los dos mil primeros abonados de la guía telefónica de Boston que la universidad de Harvard y el MIT juntos. Quería advertir así del peligro que representaría un Gobierno formado por intelectuales decididos a desmantelar el mundo y a construir uno "ideal". Nuestro hombre, obviamente, no había podido imaginar un Ejecutivo como el que disfrutamos en España. Aquí ocupan los más altos puestos de responsabilidad unos señores y señoras que no disponen en su mayoría de cualificación universitaria o profesional relevante, que están faltos del pragmatismo y la prudencia que se le suponen al ciudadano común, y que, en virtud de esa terrible combinación de carencias, se han entregado a desmantelar sin ton ni son lo que teníamos.

En tales circunstancias, la remodelación del Gabinete que se avecina suscita a lo sumo el mismo interés que las salidas y entradas de concursantes de Gran Hermano. Las reglas de la casa no cambian. El perfil de los posibles nuevos elegidos corrobora que la norma vigente consiste en seleccionar a los peores. Ahora se lleva esa pauta a sus últimas consecuencias y se premia a los fracasados. A Blanco se le remunera su brillante ejecutoria como cerebro gris de la campaña socialista en las autonómicas gallegas. Una labor que remató dejando solo y en la estacada a su candidato tras la derrota. Nobleza, ante todo. Y es que para administrar el presupuesto de Fomento puede que haga falta cursar algo más que unas cuantas asignaturas de Derecho, pero para administrar favores en función del interés electoral son otras las cualidades precisas.

A Chaves, ese valor emergente de la vieja guardia, se le retribuye el logro de situar de forma crónica a Andalucía en los primeros puestos del ránking del paro. Su aportación (sobre lo que no se debe hacer) promete ser fundamental en un Gobierno cuya prioridad, según dicen, es afrontar la crisis y el desempleo. Tan ingrata tarea ya no lastrará los fatigados hombros de Solbes, si alguna vez fue así, y recaerá en los de Salgado, liviana figura que, aparte de la obediencia debida, ostenta como mérito para el cargo una licenciatura en Económicas. Como no estamos hablando de la London School of Economics, se pondrá al día en dos tardes. El peso económico del nuevo Gobierno se vislumbra tan enorme como el político. En fin, Zapatero se sigue rodeando de sus iguales. De qué asombrarse.

Hay, no obstante, en esa lista que recogen los rumores un aroma a últimas voluntades. Como si ésta pudiera ser la postrera oportunidad que algunos tienen de llegar a ser ministros y les premiaran los servicios prestados con el cargo. Y a lo grande. Quién más quién menos será vicepresidente. El PSOE no escatima recompensas.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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