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Cristina Losada

Un nuevo caso de talante

Leo también que es liberal, pero su conducta lo desmiente. Desde luego, no actúa bajo el principio de que el dinero de los contribuyentes está mejor en el bolsillo de éstos que en el de los gobiernos.

Cristina Losada
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Rosa Díez contaba hoy en La Mañana de la COPE que en el momento de presentarse candidata a la secretaría general del PSOE frente a Bono, Zapatero y Matilde Fernández, no pocos militantes le sugerían que juntara fuerzas con el entonces diputado por León que, según ellos, andaba en su misma línea. Pero la actual dirigente de Unión Progreso y Democracia respondía que no y que tal semejanza no existía, pues no se sabía qué pensaba aquel, por tantos años silencioso, José Luis Rodríguez. O sea, si no interpreto mal, nadie tenía conocimiento cabal de qué se cocinaba en el magín del futuro presidente. Un enigma éste, que sólo una vez afincado el susodicho en La Moncloa se ha podido descifrar en parte. Pues bien, respecto al alcalde de Madrid, y a pesar de que lo suyo no es estar callado, se me ha planteado siempre una duda parecida y persistente. Y ha sido por afán de resolverla que he leído con tesón digno tal vez de mejor causa, el caudal de artículos y declaraciones que se han dedicado a lamentar su exclusión de las listas del PP al Congreso. Huelga decir que el esfuerzo ha sido inútil. Ni por asomo el resultado apetecido. No he conseguido enterarme de cuáles son las ideas políticas del llorado y lloroso no-candidato.

Cierto que Ruiz Gallardón pertenece al PP y que ello significaría, en puridad, que sus ideas, principios y valores son los mismos que los de ese partido y, por ende, que los del resto de sus dirigentes y militantes. Si fuera así, no habría misterio. Pero resulta que al alcalde se le considera distinto. Es más, se le alaba precisamente por distinguirse. De modo que la cuestión, tan pedestre como necesaria, vuelve a darme la lata: ¿y en qué diablos se diferencia Gallardón de los demás? Veamos, que no hay mucho. Leo que es centrista, pero eso me lo dicen todos. Leo también que es liberal, pero su conducta lo desmiente. Desde luego, no actúa bajo el principio de que el dinero de los contribuyentes está mejor en el bolsillo de éstos que en el de los gobiernos. Lo cual, dicho sea de paso, no es asunto meramente economicista, sino incardinado a una concepción de fondo. Se trata de la primacía de la iniciativa individual y la sociedad civil o de su subordinación a los elegidos y los ungidos. Esos señores y señoras que saben, mejor que usted y que yo, qué es lo que nos conviene.

Fuera de esas etiquetas y alguna otra, nada se dice de las posiciones del alcalde respecto de las cuestiones políticas que acucian. Y es que, en este punto, todo son sobreentendidos. Nada hay explícito. Pues hete aquí que la diferencia que marca Gallardón radica en los gestos y en las poses. Esto es, nos encontramos ante un nuevo caso de "talante". Un concepto acuñado en una época en que en España no se podía hacer política, y menos a las claras, y que Zapatero ha empleado hasta la náusea. Justamente por su utilidad como tapadera. Como resbaladizo envoltorio que mantiene en la indefinición el contenido. De manera que en lugar de proyectos políticos abiertamente formulados, nos topemos con insinuaciones y ambigüedades a interpretar al gusto. Lo contrario, en fin, de la transparencia. Del caso Gallardón, más allá de los dimes y diretes, de los duelos y las alegrías, hay que lamentar su carácter de síntoma. El hecho de que los gestos y las poses y, en definitiva, el camelo del talante estén desplazando a las ideas y las propuestas del escenario político. La opacidad engendra sospechas.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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