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Cristina Losada

Un partido por la eternidad en el estadio de San Pedro

Hay quien ha sostenido razonadamente, y no desde el ámbito católico, que el 'homo ludens' está más cerca de la redención que el 'homo faber'.

Cristina Losada
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La modernidad, dijo Chesterton, ha conferido autoridad definitiva a la visión del mundo que tiene un hombre de negocios somnoliento justo después de comer. Así las cosas, una gran cantidad de adormilados, de gente práctica con poca gana de meditar sobre asuntos trascendentes, ¡y menos después de una comida!, ha estado pendiente de la elección de un papa, que es el acontecimiento más relevante de una de las grandes religiones de nuestro tiempo y otros. Aun considerando la excepcionalidad que le confería la renuncia de Benedicto XVI y todo cuanto aporta el foco mediático, esta atención es un fenómeno singular en un mundo muy secularizado como es el que en un sentido amplio llamamos Occidente.

A qué obedecerá tal atención en sociedades donde predomina la cosmovisión prosaica de nuestro amodorrado negociante, donde la religión ocupa un espacio menguante y muchos creyentes reducen su práctica religiosa a unos ritos muy seleccionados. ¿Es por el espectáculo? ¿Es la elección de un papa un espectáculo que atrae a las masas como, pongamos, el fútbol? No es una analogía tan absurda. Por un compatriota del nuevo pontífice, que es aficionado, tuvimos noticia de que la mano de Dios aparece incluso en lugar tan profano como un estadio. Más en serio, hay quien ha sostenido razonadamente, y no desde el ámbito católico, que el homo ludens está más cerca de la redención que el homo faber.

El espectáculo celebrado en la plaza de San Pedro es, desde luego, imponente. Bajo las trazas de un ritual sencillo se reúnen la complejidad y sofisticación de una tradición milenaria y de una vieja cultura, todo ello flanqueado por impresionantes manifestaciones artísticas y arquitectónicas. Pero sería tramposo prescindir del aspecto propiamente religioso del espectáculo. Como si la gente sólo lo viera por la vistosidad, por la rareza y porque lo echan en la tele. La gente elige lo que ve. Puede cambiar de canal. De manera que es muy posible que encuentre en ese ritual algo más que entretenimiento. Quizá algo que le falta.

La modernidad es cambio, es innovación y es, en cierto modo, revolución que trastorna formas de vida y destruye tradiciones. Es racionalización y desencantamiento del mundo, como avistó Max Weber. Pero las visiones secularizadas no parecen haber sido capaces de responder satisfactoriamente a las cuestiones más profundas de la condición humana. Así, el hombre de negocios de Chesterton abre un ojo y se interesa por una ceremonia que mantiene la continuidad con el pasado y con la aspiración a existir en un universo que tenga sentido. Es una expectación relacionada con una necesidad de permanencia y transcendencia que nuestro mundo cambiante, sin misterio, sin dioses, no satisface. Es un espectáculo, sí, y no hay nada peyorativo en ello, y hasta se puede ver como un partido: un partido por la eternidad que los humanos venimos jugando desde hace muchísimo tiempo. 

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