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Cristina Losada

Una sed saciada

Las tramas criminales se descubren, con frecuencia, gracias a que alguno de los que han participado en ellas decide hablar

Cristina Losada
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Aún no se había enterrado a las víctimas cuando se empezó a saber que aquellos que, entre el 11 y el 14 de marzo, más clamaban que querían saber, habían saciado su sed de verdad. El líquido que la sació lo dispensaron las urnas. En realidad, tenían poca sed. Nunca quisieron saber más de lo que ya sabían, lo cual cabía en dos dedales: el PP miente y las bombas de Bagdad estallan en Madrid. Y bien. Allá ellos si quieren permanecer en la ignorancia. Pero tomó posesión el nuevo gobierno y se empezó a saber que tampoco él quería saber. Y al poco de crearse, a su pesar y al de otros, una Comisión de investigación en el parlamento, comenzó a asomar en ella, bronca y soterrada, la voluntad de no saber. De que no sepamos.
 
El mismo gobierno que, ante el suceso del Yakovlev-42, ha manifestado en cuantas ocasiones venía al caso, y en las que no venía, su propósito de investigar el accidente hasta que se conozcan todos sus detalles, el mismo que no dudó en destituir a quienes pudo imputarles alguna responsabilidad en aquella catástrofe, afirma respecto al 11-M: que ya está todo "bastante" (fiscal general), "en gran parte" (ministro del Interior) o totalmente claro (presidente del gobierno); que no existen autores intelectuales; que es absurdo explorar posibles vínculos entre los autores de la masacre y la ETA; que no debe investigarse el papel de ciertos elementos de las fuerzas de seguridad en la trama de los explosivos; y que no tiene que comparecer en la Comisión el único de los implicados que quiere hablar.
 
Las tramas criminales se descubren, con frecuencia, gracias a que alguno de los que han participado en ellas decide hablar. Rafá Zouhier, el hombre al que la mayoría de la Comisión no quiere oír, era además confidente de la Guardia Civil. Pero, según el portavoz del PSOE, Álvaro Cuesta, no es la relación entre Zouhier y sus contactos en la UCO la que plantea incógnitas. Es la relación que existe entre el PP y el confidente la que le resulta "extraña" y "sospechosa". Cierto que rezuman del 11-M las conexiones que así pueden calificarse, pero así como, de momento, ninguna de ellas pasa por el PP, hay alguna que conduce a direcciones de siniestro recuerdo. Como el hilo que unía a Zouhier al departamento que dirigía y dirige quien ejerció de portamaletines de Vera.
 
Para Cuesta, permitir que se sepa lo que Zouhier tiene que contar del 11-M, como ha hecho el PP a través de un cuestionario, es una "absoluta degradación" y una "deslealtad" al parlamento. Son éstas unas palabras que a quienes pueden aplicárseles con mayor propiedad es a aquellos que demuestran a cada paso su nula voluntad de descubrir cómo se planeó y se perpetró la masacre. Aquellos que se esfuerzan para que el 11-M se sepulte en la tierra del olvido, que es una tierra en la que se pudren los muertos incómodos, los muertos a los que no se les puede mirar a la cara. Ellos, los que echan la tierra a paletadas, sabrán por qué.

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