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Cristina Losada

Unos hacen el paseíllo y otros el taxi

El premier noruego hizo de taxista en Oslo para escuchar a la gente. En Madrid, los políticos escuchan a la gente cuando hacen el paseíllo a la Audiencia.

Cristina Losada
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El premier noruego hizo de taxista en Oslo para escuchar a la gente. En Madrid, los políticos escuchan a la gente cuando hacen el paseíllo a la Audiencia.

El primer ministro noruego hizo de taxista en Oslo con el fin de escuchar a la gente. En Madrid, los políticos escuchan a la gente cuando hacen el paseíllo a la Audiencia. Cospedal podía haber declarado en su despacho por su condición de presidenta de Castilla-La Mancha. Pero prefirió ir al juzgado, igual que un testigo cualquiera. Como no es cualquiera, escuchó a los yayoflautas que hacen guardia en las estrechas aceras de la calle Prim. Aunque también tuvo su claque. Así que todo fue, en esto al menos, como en el teatro. La claque, en tiempos, estaba muy organizada, con jefe y especialistas en llantos y risas, pero si la prima donna no pagaba bien cambiaban de bando y pasaban al abucheo. Una figura pública que se precie no puede dejar estas cosas al albur de lo espontáneo.

Lo de Stoltenberg en el taxi también tenía su organización, que no es cosa de meter a cualquiera en el taxi, y los laboristas hicieron una especie de casting. Pero eso de que se metió a taxista para oír lo que piensa la gente es lo menos serio del caso. No negaré yo que un taxi haga las veces de confesionario, como dijo el premier: "Si hay un lugar donde la gente realmente dice lo que piensa es en un taxi". Lo que digo es que disponemos de métodos más fiables para saber qué piensa la gente o qué dice que piensa, que es distinto. Son las encuestas. Y como a Soltenberg, que es mal conductor pero parece simpático, le van de pena, pues allá fue de taxista y nos dejó, que no es poco, un divertido vídeo electoral.

La estampa del gobernante que se disfraza para mezclarse con el pueblo, preferiblemente de noche, a ver qué se dice de él, tiene su romanticismo antiguo, pero hoy carece de sentido. Se dice mucho que el político democrático está cada vez más encerrado y distante. Ay, las apariencias. En realidad, ese político se halla más pendiente de la opinión pública que nunca. Otra cosa es que acierte en el modo de lidiar con ella; de adularla, distraerla, aplacarla o cortejarla. Yo no sé si a Stoltenberg lo salvará el gag del taxi, ni si a Cospedal la salvará el paseíllo. Pero han hecho un buen intento. Un político hábil sabe que los gestos de cercanía son necesarios. Que lo son para su popularidad. Esto no significa que el más popular sea el mejor, como hay ejemplos de sobra. Ahora bien, el que parezca distante, estirado y alérgico al contacto, ése lleva las de perder.

En Noruega no hacen el paseíllo porque no tienen tradición taurina ni les da por arremolinarse ante los tribunales para gritar. Cuando procesaron a Breivik, el asesino de decenas de jóvenes socialdemócratas, hubo manifestaciones, pero no se vio a esos grupos que aquí hostigan a acusados, imputados o testigos en casos célebres de todo tipo: corrupción, asesinatos, etcétera. Igual esa costumbre nuestra es una reliquia de los autos de fe, vaya usted a saber. Pero cuando el blanco de la ira son los políticos, no puedo dejar de verlos como una claque que ha cambiado de bando.

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