Menú
Cristina Losada

Vías de escape

Una parte de los ciudadanos, tanto aquí, como en Europa, como en Estados Unidos, ha decidido negar la realidad de la amenaza del islamofascismo

Cristina Losada
0
Poco después del 14 de marzo, en una televisión, un joven que iba en los trenes de la muerte, se declaró aliviado en su dolor por la derrota del PP en las urnas. A su juicio, era aquel partido el responsable del atentado. No sería ese joven el único que desplazaría la culpabilidad del 11-M de los autores y planeadores de la masacre, al gobierno que había apoyado la intervención en Irak. En las manifestaciones del 12 y el 13, la inculpación se expresó en los carteles: "Las bombas de Bagdad estallan en Madrid", en los intentos de agresión a miembros del gobierno y en el cerco a las sedes "populares". Podía atribuirse a la conmoción, a la necesidad emocional de encontrar un chivo expiatorio, a ese impulso innoble de la naturaleza humana por resolver la tribulación con un linchamiento.
 
Pero el impulso persistiría, persiste aún. Durante la comparecencia de Aznar ante la Comisión de investigación, un grupo de manifestantes, con manos rojas, carteles de "Aznar responsable" y "Aznar asesino", así lo atestiguaron. Había entre ellos familiares de las víctimas del 11-M. El dolor disculpa casi cualquier cosa en aquellos que han sido directamente afectados. No en los otros. No en los dirigentes políticos que han consentido con su silencio, cuando no echando leña al fuego, que se sentara este precedente. Jamás, en la larga y cruel trayectoria del terrorismo en España, se había desviado la culpa de un atentado hacia los que en ese momento gobernaran.
 
A los socialistas que llegaron a la Moncloa cabalgando la ecuación 11-M igual a guerra de Irak e igual a Aznar, no les ha interesado hacer, en este caso, la pedagogía a la que son tan aficionados. Cuentan, además, con que la tal pulsión no tendrá efecto bumerán. Cuentan con que la derecha no atizará ese fuego si alguna vez está a punto de encenderse. De momento, el calor de la hoguera en la que se quema al PP por el 11-M les templa el frío que desprende una gestión de gobierno que no deja hueso sano a la razón, como decía Quevedo.
 
Una hoguera que les sirve también para destruir la buena imagen que se ganaron los "populares" en la lucha contra el terrorismo. No sólo por la eficacia contra la ETA, sino, sobre todo, porque fue bajo sus gobiernos que las víctimas dejaron de enterrarse por la puerta trasera y recibieron, por fin, la consideración, la ayuda y el trato que se merecían. Tampoco esto le perdonan a Aznar. Y no es improbable que las próximas comparecencias en la Comisión 11-M se utilicen para escribir con renglones torcidos también ese capítulo del pasado cercano.
 
Pero la persistencia en culpar al gobierno anterior de la masacre obedece a causas más profundas que las que derivan de la feroz batalla política que hoy se libra en España. Una parte de los ciudadanos, tanto aquí, como en Europa, como en Estados Unidos, ha decidido negar la realidad de la amenaza del islamofascismo. Culpar al trío de las Azores, al imperialismo americano, al capitalismo o a Occidente del odio de los fanáticos islamistas, sirve de subterfugio para proceder a la negación. No son ellos, los que asesinaron en Nueva York, en Bali, en Madrid, en Beslan y en tantos otros lugares, los responsables, sino quienes tratan de combatirlos. O, en el extremo, como Chomsky, somos nosotros, occidentales, de civilización judeocristiana, los culpables. Los que hemos sembrado el odio. Y de ahí se sigue el programa de la rendición: el apaciguamiento. El "no los provoquemos".
 
La verdadera naturaleza de aquello a lo que nos enfrentamos se les escapa. Sin embargo, está a la vista. Lo estuvo ante el filipino que, en Arabia Saudí, fue asesinado por unos terroristas porque no se sabía las suras del Corán. Y lo ha estado ante todas las víctimas de este nuevo totalitarismo ante el que, una vez más, vergonzosamente, se buscan vías de escape.

En España

    0
    comentarios

    Servicios