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Daniel Blanco

La mentira de Mateu Lahoz

Mateu frena el ritmo del partido con sus decisiones y habla con los entrenadores más de la cuenta. Luego, eso sí, saca la sonrisa de no haber roto un plato en su vida.

Nos lo vendieron como un árbitro de nuevo estilo, permisivo, que dejaba jugar, que no empequeñecía el espectáculo, que traería una nueva visión del arbitraje. En los partidos con él como colegiado se veía muy poco parón en el juego. Era el árbitro del futuro. Mateu Lahoz nos lo hizo creer, nos obsequió con dos años de buen arbitraje. Pero de repente, con todos entusiasmados por sus actuaciones, cambió de un año para otro y se volvió áspero, más metódico en todo lo que hacía, cambió el ser permisivo por no ver las faltas que había. En definitiva, se convirtió en un desastre de colegiado.

Pero Mateu había conseguido el objetivo. Había calado tanto en la gente que la sensación de bienestar en el telespectador y en todos los corrillos mediáticos, había superado a la realidad. Nos habían vendido tanto la moto que ya nadie reculaba. Mateu es un mal árbitro, lejos de esos primeros años en los que se atisbaba un pedazo de colegiado para el futuro. Nada de eso. Igual que tantos otros que empezaron, se exhibieron, se acomodaron, se lo creyeron, se debilitaron y murieron para el gran público.

Los partidos de Mateu Lahoz se han convertido en un suplicio. Habla muchísimo con los jugadores, tanto que ya se hace pesado. Pita contactos mínimos, deja pasar otros obvios bajo la excusa de dejar jugar, saca amarillas por tonterías, no las muestra por verdaderas entradas animales. Pita lo que no hay, obvia lo que es descarado. En algunos partidos Mateu muestra más amarillas que faltas pita. Un desastre que ya se venía atisbando en otras temporadas, pero que se ha hecho palpable este año nada más empezar cuando en la primera jornada anuló un gol insólito al portero del Athletic Gorka Iraizoz en un remate espléndido de cabeza.

El otro día, en Córdoba, el Mateu que deja jugar, que no pita fácil una falta, que es muy dialogante con los jugadores, que arbitra al modo inglés (aspectos todos estos que se resaltaban de su arbitraje) expulsó al delantero del Deportivo, Hélder Postiga, por hacer un penalti muy riguroso -primera amarilla-. y por recibir una falta y apartarse levemente al jugador del Córdoba de su lado. Un empujoncito, vamos. Veinte minutos de partido, dos amarillas. Claro y los ingleses, a los que supuestamente se parece Lahoz en su forma de arbitrar, retorciéndose de la risa.

A partir de ese momento un descalabro arbitral ya, desgraciadamente, típico en Mateu. Se dirige a los jugadores en pleno partido y frena el ritmo del mismo con esas decisiones, habla con los entrenadores más de la cuenta. Luego, eso sí, saca la sonrisa esa de no haber roto un plato en su vida. Mateu sabe que ha hecho lo que tenía que hacer. Dos años buenos, dos años esforzándose en un arbitraje digno, escudándose en la permisividad. Engañar a todo el mundo para crearse la fama. Muy poca gente se va a fijar ya en Mateu, porque consiguió lo que es muy difícil. Pero si lo analizas pillas al personaje en varios renuncios. Mateu es una mentira más del sistema arbitral español. En general, del sistema federativo en este país.

Tenía que hablar de Mateu porque si no reventaba. Basta ya de personas que son personajes. Basta ya de creerse los protagonistas de este circo. Ya no cuela. Y además molesta cuando los comienzos eran tan prometedores. Fíjate que ganaron Madrid y Barcelona, que empataron Valencia y Sevilla, que perdió el Atlético. Pero merecía la pena desenmascarar a Mateu Lahoz. Ya no le cree nadie.

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