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Daniel Rodríguez Herrera

Apple y la piratería

Los nuevos Macintosh se enfrentan al reto de competir con ordenadores mucho más baratos cuyos propietarios podrían instalar una copia ilegal de Mac OS X.

Daniel Rodríguez Herrera
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Nuestro compañero Enrique Dans, tras un viaje a Shanghai, llegó a la conclusión de que en China, más que un bloqueo de Internet, lo que existe es una contención. Se ponen barreras, pero barreras que con cierto grado de interés y preparación pueden saltarse, algo de lo que los censores son perfectamente conscientes, porque tontos, lo que se dice tontos, no son. Se podría impedir que llegase información no autorizada a ningún chino, pero eso significaría cerrarse en banda a Internet y eso, en un gobierno que se está aplicando en la introducción del mercado libre, significaría cerrar cada vez más puertas a la economía. Esa alternativa existe, desde luego, y se llama Corea del Norte.

Algo similar en lo conceptual –aunque evidentemente a leguas en lo ético– sucede con la piratería. Recuerdo una conferencia de Pyro Studios en la que los creadores del juego "Commandos" reconocían que las protecciones incluidas contra el pirateo seguramente sólo dieran para proteger el producto un par de semanas. Su objetivo era contener la piratería, no impedirla, más que nada porque sabían que era imposible. Cuando Microsoft anuncia que ha creado un sistema magnífico e indestructible llamado Windows Genuine Advantage para evitar la piratería de su sistema operativo, lo único que está haciendo es dificultar un poco la vida a los usuarios que no lo poseen legalmente. Pero es que no puede hacer nada más.

Uno de los mayores riesgos que afrontaba Apple al trasladar su sistema Macintosh de una arquitectura basada en PowerPC a otra que emplea los chips de Intel, de los que disponen casi todos los ordenadores personales del mercado, era el reto de la piratería. Apple basa buena parte de su éxito en ser un sistema cerrado y caro, en el que aquello que se gana por vender el ordenador con cierto sobreprecio se emplea en crear un sistema operativo extraordinario, acompañado de ciertas aplicaciones de serie también de gran calidad. Dado que sus ventas no permiten diluir el coste de creación de su software entre demasiados ordenadores, los nuevos Macintosh se enfrentan al reto de competir con ordenadores mucho más baratos cuyos propietarios podrían instalar una copia ilegal de Mac OS X.

Los esfuerzos públicos de Steve Jobs por impedir que se produzcan copias ilegales de Mac OS X son, en último término, baldíos. Las copias enviadas el verano pasado a desarrolladores fueron rápidamente filtradas y sus mecanismos de seguridad burlados. La versión 10.4.4, distribuida con sus primeros portátiles basados en Intel, y que empleaba nuevos mecanismos anticopia ya ha sido parcheada para ser utilizada en cualquier ordenador.

Sin embargo, tonto, lo que se dice tonto, no parece que sea Steve Jobs. Posiblemente esté contando, como arma, con la extraordinaria variedad de la plataforma PC; la competencia entre decenas de ensambladores, la existencia de miles de dispositivos, cada uno de ellos necesitando de un controlador adecuado. Windows dispone de todos ellos, pero ni siquiera empleando un sistema operativo tan consolidado como Linux se puede garantizar la disponibilidad de controladores para todo el hardware de un PC, especialmente si éste es muy nuevo. No hay más que ver los foros del sitio web más activo de entre los dedicados a los nuevos Mac sobre PC y ver la cantidad de máquinas que no pueden ejecutar el sistema operativo de Apple. La mía, sin ir más lejos. Mac OS X se podrá piratear, pero contendrá las copias ilegales a un porcentaje razonable que permita sobrevivir a Apple.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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