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Daniel Rodríguez Herrera

Aprender del error de los franceses

Es fácil mirar hacia atrás y pensar en lo pardillos que fueron los gabachos con su sistema. Sin embargo, nosotros hacemos lo mismo constantemente. Miramos siempre a la imagen estática, olvidando que el mundo se mueve rápidamente

Daniel Rodríguez Herrera
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Uno de los mejores ejemplos de la diferencia entre la forma de ver las cosas en Estados Unidos y Europa es la historia de los ordenadores y las redes que los comunican. No es que los yanquis estén precisamente libres de poner trabas a la libre empresa, ni mucho menos. Seguramente la explosión de las telecomunicaciones se hubiera adelantado bastante sin el intervencionismo de la FCC (algo así como una mezcla entre CMT y CAC, pero para todo el país). Sin embargo, lo cierto es que siempre existe presión para dejar en paz a los empresarios y sus innovaciones, presión que en Europa se siente, pero en dirección contraria.

Podemos hacer un pequeño ejercicio mental. La famosa ley de Moore, que predice que el número de transistores integrados en un chip se duplica cada año y medio, no es la única norma empírica que se ha enunciado desde la industria de la informática. La ley de Grosch, enunciada por un ingeniero de IBM en 1956, afirmaba que la potencia de un ordenador crecía con el cuadrado del coste, y eso implicaba que la tendencia sería hacer pocas máquinas muy grandes y caras. Según una proyección de su empresa basada en esa ley, en el mundo había sitio para unos cincuenta y cinco grandes ordenadores, y todo el mundo trabajaría con terminales conectados a ellas.

Supongamos que los reguladores estadounidenses se lo hubieran tomado al pie de la letra y actuado en consecuencia. El lógico temor al monopolio digital de IBM hubiera obligado a repartir licencias de construcción de máquinas, para que no todas fueran hechas por la misma empresa, y seguramente hubieran organizado una libre distribución de terminales para garantizar el servicio universal de computación. Bueno, pues puede usted dejar de hacer ese ejercicio mental. Eso es exactamente lo que hicieron los franceses a finales de los 70 repartiendo terminales gratuitos de Minitel y dándoles acceso a las grandes computadoras propiedad del Estado. Por supuesto, no fueron capaces de ver la revolución que supuso Intel y su microprocesador y otras tecnologías de parecida importancia, que rompieron esa ley de Grosch como si fuera la promesa de un político.

Es fácil mirar hacia atrás y pensar en lo pardillos que fueron los gabachos con su sistema. Sin embargo, nosotros hacemos lo mismo constantemente. Miramos siempre a la imagen estática, olvidando que el mundo se mueve rápidamente, y más aún el mundo de las nuevas tecnologías. Los monopolios "naturales" pueden ser derribados por innovaciones tecnológicas de todo tipo, pero preferimos la seguridad de regulaciones que congelan la imagen en el punto en el que estamos y "protegen" a los consumidores asumiendo que esa fotografía va a permanecer así ad eternam.

El más claro ejemplo son las telecomunicaciones. Vivimos en una época en que la innovación en los ordenadores ha perdido importancia relativa cuando se compara con la que están viviendo las redes. Cada vez hay más tráfico en Internet y, sin embargo, hemos mejorado en velocidad. La tecnología ya ha logrado ampliar el espectro radioeléctrico para permitir que haya varios emisores en cada frecuencia, haciendo obsoleta la presunción de que es algo limitado que debe licenciarse, ya sea para TDT, radio o transmisión de datos por Internet. Sin embargo, seguimos pensando en las redes como si los "monopolios naturales" sobre muchos de sus recursos fueran inevitables. Como los franceses y los ordenadores, vamos. Menos mal que siempre hay otros países donde dejan más campo a la innovación y la libre empresa.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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