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Daniel Rodríguez Herrera

Discriminación racial en mundos virtuales

Este problema ha llevado a muchos jugadores de habla inglesa a actuar como racistas, discriminando por medio del lenguaje.

Daniel Rodríguez Herrera
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Quizá usted no lo sepa, pero hoy en día hay personas que se pueden ganar la vida jugando al ordenador. De hecho, es un mercado lo suficientemente jugoso como para atraer no sólo a profesionales liberales, sino a empresas especializadas. Existe un tipo de videojuegos en los que, además del juego en sí, se paga una suscripción para entrar en el mundo virtual en el que éste se desarrolla y en el que se encuentran todos los demás jugadores que lo han adquirido. En él podremos formar equipos con otros jugadores, realizar misiones, matar bichos malos y feos o adquirir experiencia y objetos que nos puedan ayudar en nuestras correrías. Y ahí está la clave: existe una incipiente industria consistente en conseguir dichos objetos y venderlos a los jugadores a cambio de dinero real, contante y sonante.

Aunque al comienzo estos tratos fueran realizados de forma más o menos individual, emprendedores de países con salarios bajos, principalmente chinos, se han dado cuenta de que pueden explotar esa diferencia salarial creando empresas dedicadas a contratar jugadores chinos, que se dedican exclusivamente a conseguir objetos virtuales del juego para venderlos por dinero real. A esta actividad se la denomina gold farming. Desgraciadamente, la necesidad de estos trabajadores de cumplir sus cuotas les lleva a actuar dentro del juego de una forma tremendamente fastidiosa para los demás. No tienen incentivos para que sus personajes virtuales mejoren con el tiempo o establecer relaciones de confianza con otros jugadores; sólo desean obtener esos objetos, por ejemplo, atrayendo monstruos para que maten a los demás miembros de su grupo y así quedarse con sus pertenencias.

Este problema ha llevado a muchos jugadores de habla inglesa a actuar como racistas, discriminando por medio del lenguaje. Cuando un jugador pide unirse a un grupo, se le hace un par de preguntas, buscando fallos ortográficos o gramaticales; si los encuentran, los rechazan sin más. Los prejuicios han entrado en el mundo del juego por Internet. Desgraciadamente, es algo que crecerá si las empresas creadoras de estos videojuegos no consiguen reducir la práctica del gold farming, porque es un comportamiento racional. Edmund Burke, aún reconociendo que el prejuicio podía degenerar en superstición, lo definía como “la respuesta que dan la intuición y el consenso ancestral cuando el hombre carece del tiempo o del conocimiento para llegar a una decisión basada en la pura razón”. Y la experiencia en el mundo virtual de estos videojuegos lleva a los jugadores expertos a no confiar en jugadores de habla no inglesa, a falta de otra información. Por muy injusto que sea para los jugadores chinos honrados, es perfectamente racional.

Salvando las enormes distancias, es lo mismo que sucede si, caminando de noche y solos, nos cruzamos por la calle con una persona a la que no conocemos. La sensación que uno siente es bien distinta si esa otra persona es una mujer española a si es un varón magrebí. ¿Por qué? Es sencillo: los hombres son nueve veces más peligrosos que las mujeres y, además, los varones magrebíes son siete veces más peligrosos que los varones españoles. Aunque las cifras concretas nos sean desconocidas, los casos reales que conocemos nos hacen intuirlas: por eso, siempre a falta de otra información, actuamos en base a ellas. Nuestros prejuicios no se reducen al sexo y la raza, claro; los tatuajes y la indumentaria también cuentan, por ejemplo. Los patrones norteamericanos del siglo XIX colgaban carteles indicando que no era necesario que los irlandeses, tan blancos como ellos, pidieran trabajo porque no se lo iban a dar. Aunque injusto con los irlandeses trabajadores y abstemios, los numerosos borrachos y pendencieros de esa procedencia les llevaron a actuar según ese prejuicio.

Eso sí, mientras los progres se pasan el día machacándonos con lo peligrosos que somos los hombres en todos los medios de comunicación a su alcance, insultan a todo aquel que se atreve a insinuar que quizá los inmigrantes también lo sean. Desgraciadamente, ambas cosas son ciertas en lo general y, a la vez, tremendamente injustas en los casos particulares. Entre el millón y medio de jugadores chinos del World of Warcraft, la inmensa mayoría no trabaja en la industria del gold farming, pero entre dichos trabajadores, la mayoría son chinos. Mark MacKay pide a los jugadores que “tengan la mente abierta y confíen un poco más en los demás”. Pero, mientras tanto, mantiene un sitio web dedicado a listar los precios de los objetos en venta más comunes. Si hay una industria pujante en el mundo es, desde luego, la hipocresía.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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