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Daniel Rodríguez Herrera

El nuevo código de barras

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El código de barras tiene ya una nueva tecnología para sustituirlo. Es la identificación por radiofrecuencia (RFID, en sus siglas en inglés). Para funcionar necesita de dos componentes. El primero es la etiqueta, que consiste en un pequeño chip que contiene un código de identificación del producto unido a una antena que lo emite. El segundo es el lector de dichos códigos.
 
Existen dos tipos de etiquetas. El primero es el más barato y no dispone de fuente de energía propia sino que "responde" cuando un lector cercano le envía señales. Se usaría para productos individuales. Su mayor ventaja está en que no es necesario colocarlos frente al lector. Podemos esperar una notable reducción en las colas de los supermercados y el número de cajeros necesarios, pues no hará falta coger el producto, darle la vuelta, y pasarlo un par de veces por el lector a ver si éste lo reconoce. Los clientes podrán pasar por un arco como el de los aeropuertos que calculará inmediatamente el precio.
 
El segundo tipo de etiquetas dispone de energía propia y tiene un alcance de varios kilómetros, lo que producirá grandes ahorros en la logística. Dejará de perderse la mercancía, los pedidos llegarán tal como se pidieron, se podrán variar éstos sobre la marcha, los inventarios podrán hacerse sin necesidad de abrir ni mover nada, etcétera. Estos ahorros reducirán el coste significativamente, ayudando a conseguir lo que el capitalismo mejor sabe hacer: ofrecer productos a precios cada vez más bajos. No es de extrañar que la cadena Wal-Mart, conocida por ofrecer productos muy baratos, ya haya comenzado a emplearlos.
 
No obstante, algunos grupos de defensa del consumidor, cuya forma de defenderlo suele ser impedirle que escoja lo que prefiera, han puesto el grito en el cielo en defensa de la intimidad. Hay que tener en cuenta que los chips de estas nuevas etiquetas disponen de una capacidad de almacenamiento cercana a 2 kilobytes, suficiente para individualizar los datos del producto. Esto permitirá aplicaciones nuevas, como que los yogures avisen a un lector casero instalado en el frigorífico cuando se acerque la fecha de caducidad, averiguar el legítimo propietario de un producto robado o facilitar la devolución de productos sin necesidad de guardar el ticket.
 
Pero también podría permitir que los vendedores mejoraran la información que disponen de sus clientes, monitorizando por ejemplo etiquetas situadas en ropa que les hayan podido vender. O que terceras personas o grupos utilizaran las etiquetas para identificar a la gente, en un remedo cutre de las cámaras de vigilancia. Porque lo cierto es que, al tener un alcance de pocos metros y no estar identificados inequívocamente con una persona, estos temores parece más bien producto de la paranoia. Es posible que haya abusos, pero aún no se han dado y no conocemos que forma real pueden tener. Pero los grupos de "defensa del consumidor" ya están consiguiendo que se pongan en marcha leyes que dificultan su uso basándose en el principio de precaución, y dañando a los más pobres, que son los que tienen más que ganar con la reducción de costes que implica su uso.
 
Daniel Rodríguez Herrera es editor de Programación en castellano.

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