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Me entristece siempre el uso de una causa, más o menos noble y justa, en beneficio propio. Lo cierto es que ya estoy bastante acostumbrado, como supongo lo estamos todos. Un ejemplo bastante lastimoso es la actitud de algunos frente a la famosa ley de Internet del Gobierno de Aznar.

El último episodio de todo este jaleo de la LSSI es el anuncio de Kriptópolis de transformar su página, que ahora permite los comentarios y la participación de sus usuarios, y convertirla en la revista digital que fue antaño debido a su miedo a la nueva ley. Sin embargo, su editor es incapaz de precisar de qué modo puede afectar la ley a Kriptópolis, ni de cómo su conversión va a evitarla. Un curioso modo de informar, ciertamente. Quizá es que simplemente quiere justificar un cambio editorial, muy respetable, convirtiéndolo en una polémica política.

Claro que esta revista siempre ha sido muy aficionada a este tipo de gestos cara a la galería. Al poco de empezar la polémica, anunció que trasladaba su sitio web a Estados Unidos por medio a dicha ley, como si en dicho país no existieran leyes posiblemente más dañinas, como la DMCA. Quien sabe, quizá los bajos precios de ese país fueran la verdadera causa. Porque a la hora de hablar con el Ministerio para convencerle de cambiar la ley, prefirieron levantarse de la mesa y seguir despotricando mientras otros se llevaban las bofetadas de la negociación. Para después acusar al Gobierno, claro, de no negociar con los internautas.

Desde que comenzaron su campaña, Kriptópolis ha ganado influencia y prestigio. Sin duda uno de sus principales colaboradores, Carlos Sanchez Almeida, sacará mucho más dinero de la LSSI de lo que habría obtenido sin su participación en la polémica. Y la ley, guste o no, no amenaza las libertades más que la mayoría de las leyes que se aprueban en nuestro país. Simplemente las limita y las regula. Una ley en casi todo innecesaria, costosa para muchos, pero que difícilmente puede llamarse peligrosa. Pero es que llamar a la gran guerra digital contra el gobierno de derechas (que vuelve Franco, que vuelve Franco) vende mucho. Y aunque su denuncia inicial fue justa, su actitud posterior echa por tierra el valor de la misma. Tristísimo.


Daniel Rodríguez Herrera es editor de Programación en castellano.

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