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Daniel Rodríguez Herrera

La adicción internauta

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Las nuevas tecnologías traen nuevas satisfacciones y, claro está, nuevos problemas. Uno de los más recurrentes es la idea en la existencia de una adicción a Internet. El hecho de que muchas personas, principalmente jóvenes, parezcan –parezcamos– enganchados a la pantalla de un ordenador parece apoyar esas tesis. Resulta del todo razonable que los padres se preocupen por una afición que lleva tanto tiempo y que parece aislar a las personas de su entorno.

Los psiquiatras están un poco divididos en este tema. La primera objeción que puede surgir es si un comportamiento de este tipo puede llamarse adicción, pues estrictamente hablando ésta sólo puede ser considerada como producto del abuso de sustancias. Por ejemplo, el manual de cabecera DSM-IV califica a la ludopatía, un mal parecido, como un trastorno del control de impulsos. Nuestro diccionario oficial califica la adicción como la dependencia del organismo a una droga. Sin embargo, dado que coloquialmente hablamos de adicción al juego o a la televisión, parece ésta una discusión más propia de profesionales que de legos.

Sin embargo, aún admitiendo el uso de esa palabra, creo que es necesario aclarar que la adicción a Internet no existe. O, al menos, no existe como tal. ¿O es que acaso es lo mismo un señor que gasta media vida visitando páginas porno a una quinceañera que deja transcurrir sus días colgada del Messenger? Simplemente, unos y otros se han trasladado del sex-shop y el teléfono a un nuevo medio.

Del mismo modo que Internet mejora y amplía nuestras posibilidades de obtener información o entretenimiento, también facilita los riesgos de caer en una conducta de este tipo. Pero el problema no es Internet, sino la conducta particular que nos provoca esa adicción. Si nos cargamos al mensajero, el problema permanecerá. Y es del último del que debemos preocuparnos.

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