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La culpa es de Victoria Prego

La culpa, la responsabilidad, es sólo y únicamente de los tres hijos de puta que quemaron a una pobre indigente.

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No por no ser mil veces repetidos y un millón rebatidos algunos argumentos comodísimos dejan de emplearse. Fíjense lo que dura aún el marxismo, sin ir más lejos. Entre los más manidos se encuentra buscar las razones para los crímenes brutales realizados por jóvenes en la televisión, el cine y, especialmente, los videojuegos. Con el asesinato a sangre fría de una indigente, a la que quemaron viva tres hijos de puta, Victoria Prego se ha sumado al coro: "no hay en esa cultura de videojuego ninguna sanción ni crítica, ni tampoco advertencia". Según la periodista, "los chicos jóvenes no están educados para tener conciencia de los efectos de sus acciones violentas", debido a lo cual "pueden quemar a una mujer mientras se ríen" hasta que, luego, "lloran porque se dan cuenta, demasiado tarde, que la mujer no era un personaje de un juego bestial para Playstation".

Victoria Prego participa de ese empeño de la progresía internacional de trasladar la responsabilidad de las acciones de cada persona del individuo a la sociedad, que es esa malvada entidad que permite que los niños vean series de dibujos japonesas y películas violentas y jueguen a sádicos videojuegos. Y, claro, luego pasa lo que pasa. No importa los miles de niños que han crecido en esas mismas condiciones y no se dedican a dar palizas a vagabundos para luego quemarlos. Lo que no debe olvidarse jamás, para estos insignes pensadores, es que la responsabilidad nunca es de la persona que comete el delito, sino de una sociedad que le empuja a hacerlo.

Un doctor indio explicaba al psiquiatra inglés Anthony Daniels, también conocido por su pseudónimo Theodore Dalrymple, que la miseria que veía en Inglaterra era esencialmente distinta a la que se veía en su ciudad natal y, a su modo de ver, mucho más grave. Era una miseria moral, emocional, mental y cultural, de personas para las que ya no existe responsabilidad individual. Ladrones que exigen a su médico que les explique por qué tienen esa "necesidad" de robar aparatos de vídeo en casa ajenas, o que echan la culpa a las iglesias por tener sistemas de seguridad tan malos que, claro, provocan y alimentan esa compulsión de robarlas.

Una legión de pedagogos, terapeutas, asistentes sociales descerebrados e ideólogos de la destrucción de la sociedad han formado una industria criminal, liderada por sujetos tan despreciables como Javier Urra, cuyo fin es destruir los conceptos de responsabilidad individual y libre albedrío, destruyendo la sociedad que en ellos tiene su base. Sus mayores éxitos los han encontrado en el tratamiento que la ley otorga a los menores, que permiten que un sujeto como el asesino de la catana vaya a salir ya de la "cárcel". Pero no es el único. España no podrá ser una sociedad sana mientras hacer yoga siga considerándose un mérito que permite salir antes de la cárcel, mientras no se asuma que es perfectamente asumible en una democracia sin complejos la existencia de la cadena perpetua sin posibilidad de obtener libertad condicional.

La culpa, la responsabilidad, es sólo y únicamente de los tres hijos de puta que quemaron a una pobre indigente. Pero si hubiera que buscarla en otra parte no es, desde luego, en los videojuegos donde la podremos encontrar sino en Victoria Prego y los que les permiten evadir sus responsabilidades. En los que crean el clima de impunidad e irresponsabilidad en que vivimos.

Y hablando de libertad y responsabilidad habitual, permitan que un abstemio de humo como yo comience el año fumándose un pitillo a la salud de la ley del tabaco.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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