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Los límites del software libre

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Después de una semana en Libertad Digital de justificado y entusiasta apoyo por el software libre en general, y por Linux en particular, quizá convendría echar el pequeño jarro de agua fría imprescindible en estos casos. El modelo descentralizado de producción de estos programas permite una mayor rapidez en el desarrollo, más fiabilidad y una mejor adecuación a las necesidades de sus programadores.

Pero hay un problema. Para entenderlo, utilicemos la analogía del mercado. Adam Smith insistía en que cada uno de los participantes en dicho mercado se mueve por propio interés. Los empresarios, por tanto, desean satisfacer a los consumidores por el beneficio que esto les supone. Sin embargo, en el "mercado del software libre" sólo concurren programadores e ingenieros del software. Ellos son los creadores y consumidores del mismo, puesto que su principal motivación es crear programas que les funcionen a ellos mismos. Y es ahí donde radica el punto más débil del modelo.

Un programador sabe, casi por definición, como hacer funcionar los programas que maneja. Así pues, no se preocupa mucho de la interfaz de sus programas si no le obligan, y fuera de las empresas no es posible obligarlos a nada, claro está. No es de extrañar, por tanto, que haya sido más fácil producir un sistema operativo potente y fiable como Linux que crear escritorios y entornos de ventanas que puedan rivalizar, aunque sea de lejos, con el de Windows. Y que para producir una suite ofimática aceptable, haya tenido que intervenir un gigante como Sun y liberar el código de su Star Office. El altruismo no llega a tanto.

Además, las dificultades son casi insalvables cuando nos referimos a aplicaciones de utilidad muy específica y limitada o que tienen su utilidad en áreas muy alejadas del interés de los hackers. En esos casos, no se puede contar con muchos programadores interesados en su desarrollo, por no decir ninguno; el futuro de los mismos sigue estando en manos de la empresa privada. No es ningún drama. En algún lugar tendrán que ganarse las castañas los informáticos, digo yo.




Daniel Rodríguez Herrera es editor de Programación en castellano.


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