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Microsoft, la nueva IBM

Resulta más sencillo darse cuenta de que Microsoft no está haciendo las cosas especialmente mal ahora; simplemente es que lo hizo mucho mejor de lo que cabría esperar durante mucho tiempo.

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¿Cómo es posible que una empresa cuyos beneficios son mayores que los de Google y Apple juntas haya perdido su primacía en bolsa como la principal compañía del sector de las nuevas tecnologías? Pues perdiéndolo. Los inversores valoran las acciones no sólo por lo bien o mal que funciona en el momento presente una empresa, sino también por las perspectivas de futuro que ofrece. Y las de Microsoft, a estas alturas, no ofrecen demasiada confianza después de años de fracasos en cualquier otro negocio que no fuera el PC.

Windows 7 ha sido un acierto, y las ventas de Office 2010 no serán menores que las de versiones anteriores. Pero aunque no vaya a desaparecer el ordenador personal, los nuevos negocios ya no se hacen en el PC, sino en otros ámbitos, que van desde los videojuegos a internet, del cloud computing a los móviles. Y aunque Microsoft está presente en todos estos sectores y algunos más, en ninguno tiene un dominio semejante al que ostenta en el mundo de los ordenadores personales. Quizá el caso más grave para la empresa sea el de los móviles, donde ha perdido la prominencia que un día alcanzó Windows Mobile y parece difícil que pueda recuperar un puesto importante, a pesar de las bondades que parece tener Windows Phone 7.

En realidad, no es algo ni tan sorprendente ni tan grave. Lo difícil no es caer, sino mantenerse como la principal empresa en un sector tan dinámico como es el de las tecnologías de la información durante tanto tiempo. En cierto modo, es similar al cambio que se produce en nuestra mente cuando nos damos cuenta de que la humanidad ha sido siempre pobre y es el hecho extraordinario de la riqueza de Occidente el que hay que explicar, y no el de la pobreza del Tercer Mundo. Una vez que nos damos cuenta de que lo normal no es disfrutar de un éxito tan abrumador durante varias décadas, resulta más sencillo darse cuenta de que Microsoft no está haciendo las cosas especialmente mal ahora; simplemente es que lo hizo mucho mejor de lo que cabría esperar durante mucho tiempo.

Para verlo más claro, veamos el ejemplo de IBM. Desde los primeros años 50 hasta finales de los 80 fue una empresa cercana al monopolio absoluto en lo que a informática se refiere. Competidores como Univac o DEC fueron cayendo ante su poderío tecnológico y, sobre todo, de ventas. Y llegó la década de los 80 y, pese a lo que se dice, demostró estar lejos de ser un dinosaurio al abordar la revolución de los ordenadores personales. Cambió por completo su filosofía de hacerlo todo en casa y encargó la mayor parte de su IBM PC a otros fabricantes: el procesador a Intel, el sistema operativo a Microsoft, etc. Y unos errores aparentemente menores como autorizar a la entonces minúscula compañía de Bill Gates que vendiera su MS-DOS a otros fabricantes permitieron que aparecieran innumerables imitadores de su PC que terminaron convirtiendo a la otrora todopoderosa IBM en un actor menor en el más importante y lucrativo mercado de la informática durante los 90.

Para los informáticos más veteranos, que odiaban a IBM como los más jóvenes hemos odiado en algún momento a Microsoft, fue un shock que en 1993 el gigante azul registrara las mayores pérdidas de la historia de Estados Unidos. Pero supo recuperarse, reinventarse como empresa de servicios y seguir siendo enorme y lucrativa, aunque menos. Seguramente, lo mismo pasará con Microsoft. Lo que ya no sé decirles es cuándo llegará su 1993.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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