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Daniel Rodríguez Herrera

Pues claro que ha ganado Casado

Casado también ha ganado este cuatro de mayo, sí, pero podría perder si no rectifica.

Daniel Rodríguez Herrera
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Casado también ha ganado este cuatro de mayo, sí, pero podría perder si no rectifica.
Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado. | EFE

Parece haber cierto consenso en que la victoria en Madrid es propiedad exclusiva de doña Isabel Díaz Ayuso y que Pablo Casado debería esconderse un poco y no intentar apropiársela. No creo que sea así. Es cierto que han sido los aciertos de Ayuso y la incapacidad de la izquierda para contrarrestarlos lo que la han llevado al éxito, pero los resultados de anoche le dan la razón al líder del PP en dos aspectos esenciales que no se están valorando lo suficiente.

En primer lugar, y no creo que esto sea siquiera discutible, poner a Ayuso como candidata a la Comunidad de Madrid en 2019 fue una apuesta muy arriesgada, y fue una decisión personal de Casado. Se trataba de una persona de su confianza, de su círculo íntimo; una diputada desconocida que sólo muy recientemente había empezado a despuntar en los medios gracias a una de sus principales virtudes: no asumir jamás el relato de la izquierda. Debe de ser duro para Mamen Mendizábal saber que su principal aportación a la política española es haber lanzado la carrera de Isabel Gar… Díaz Ayuso. Es probable que se haya arrepentido después, y que ahora se arrepienta de su arrepentimiento. Pero Ayuso está ahí por Casado, y no deberíamos olvidarlo.

Pero segundo, y más importante, esta victoria le da la razón en su principal apuesta estratégica. Los mandarines de Génova concluyeron que con tres partidos a la derecha del PSOE era casi imposible ganar unas elecciones generales en un sistema electoral como el español y que Ciudadanos sería la presa más fácil. No cabe duda de que la torpeza de Inés Arrimadas y, por qué no decirlo, del supuestamente infalible Iván Redondo con su fracasada jugarreta murciana ha permitido acelerar la defunción del partido naranja, pero la invectiva de Casado contra Santiago Abascal durante la moción de censura no dejaba de tener oculto un halago: que el PP veía en Vox un rival a largo plazo con el que competir. Que apostaba por recuperar votos por el centro porque a su derecha lo veía mucho más difícil.

Naturalmente, esto no significa que el PP vaya a arrasar en España como ha hecho en Madrid sin más. Para empezar, Casado carece de la facilidad que tienen Ayuso o Almeida de conectar con los votantes. Debería tomar nota también de que la apuesta por la libertad puede ser difícil de vender cuando se trata de reducir regulaciones, reformar la sanidad pública o tocar un impuesto, pero es bastante más sencillo cuando llevamos más de un año con nuestros derechos fundamentales restringidos. Toca que los feijós de turno se traguen el orgullo y en lugar de criticarlo de forma más o menos abierta adopten el modelo de Ayuso, si es que su legendaria competencia les permite gestionar una pandemia con herramientas del siglo XXI en lugar de limitarse a las que ya se empleaban durante la gripe de 1918, que es lo que esencialmente han hecho todas las autonomías menos Madrid.

Sin embargo, si hay algo de Díaz Ayuso que debe imitar Casado al pie de la letra si quiere aprovechar la oportunidad que le ha regalado la líder madrileña es no insultar ni despreciar a Vox, que es lo mismo que insultar y despreciar a los votantes de Vox, que anteayer lo eran del PP. Es comprensible políticamente, aunque moralmente sea injustificable, que para fagocitar a Ciudadanos Casado cayera en criticar a Vox usando como arma las mentiras de la izquierda. Pero el PP es un partido de centro-derecha y Vox es un partido de derechas. Vox no está en contra de la Constitución, que quiere reformar por los cauces legales descritos en ella. Vox no homenajea ni celebra a dictador alguno. Vox no condona la violencia política; al contrario, la sufre casi cada vez que pone un tenderete en la calle. Tiene, es verdad, ciertos dejes retóricos bastante nauseabundos, como esa manía de querer deportar a los rivales políticos que pese a haber nacido en otro país son españoles por elección propia. Pero pese a todo son bastante menos fétidos que la costumbre, no ya de Podemos ni de Más Errejón sino del propio PSOE, de pintar a la mitad de los españoles como fascistas y adoradores de Franco sólo por aborrecer el nacionalismo racista catalán o querer destronar al presidente cuya acción de gobierno durante la pandemia nos ha colocado en las cifras más altas de muertes y de destrucción de la economía de todo Occidente.

Casado también ha ganado este cuatro de mayo, sí, pero podría perder si no rectifica. Y rectificar significa aprender la lección de Díaz Ayuso: el relato de la izquierda no se asume, se combate. Te acusarán hasta de envenenar a los niños por darles de comer pizza una vez a la semana. Da igual: los madrileños hemos demostrado que no importa de lo que te acuse el ferreras de turno, basta con negarse firmemente a que te definan ni a ti ni a quienes tendrán que ser tus aliados. Esa es la vía para ganar la confianza de los ciudadanos y, con ella, alcanzar el Gobierno. Pero dudo que ni Casado ni Teodoro quieran seguirla. Seguirán esperando a heredar la crisis económica comiéndose todos los insultos que les dedica la izquierda, sin pensar siquiera en defenderse. Y así es difícil que les votemos los insultados. Entre otras cosas, porque garantiza que en el supuesto de que llegaran al Gobierno mantendrían en pie todas las trampas montadas por el PSOE para perpetuarse en el poder y, peor aún, en la mente del ciudadano medio. Sólo derribándolas España podrá cambiar de verdad, y no limitarse a mudar de piel.

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