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Daniel Rodríguez Herrera

Todos contra el iPhone

La única forma que tiene Apple de asegurarse que continúa marcando la línea a seguir en la telefonía móvil será mejorando continuamente su producto estrella. Es lo que tiene ese capitalismo que todos condenan en los parlamentos

Daniel Rodríguez Herrera
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Lo de Steve Jobs con la telefonía móvil fue llegar y besar el santo. Tras el traspiés que supuso el terminal fabricado por Motorola y con iTunes integrado, del que ya nadie se acuerda, Apple observó el mercado, vio cómo podría lanzar un móvil que se diferenciara del resto y pudiera comprarse masivamente y lo hizo. Creó así un nicho completamente nuevo y totalmente propio: era un teléfono con un aire elitista, un interfaz de usuario mucho más consistente y amigable que los habituales Symbian y Windows Mobile y con innovaciones en la pantalla multitáctil que inmediatamente provocaban la envidia entre los amigos del orgulloso propietario del móvil de Apple. Y todos sabemos que la envidia y la compra de gadgets de última generación van muy de la mano.

Los rivales que podían plantarle más cara en este nuevo segmento eran dos: Nokia, por el simple detalle de que vende el 70% de todos los teléfonos móviles del mundo, y RIM, que es el principal jugador dentro del mercado de los smartphones y cuyas BlackBerry son sin duda los teléfonos preferidos de aquellos que más jugo sacan a su móvil (y, por tanto, más dinero aportan a las operadoras). Ambos han tardado en reaccionar más de un año, lo que deja bien claro que sin la entrada de este nuevo competidor seguramente nunca habrían creado teléfonos tan jugosos como parecen ser la BlackBerry Storm y el Nokia 5800 XpressMusic.

De los dos, quizá sea el aparato de RIM el más interesante, porque es el único que realmente aporta algo nuevo: una pantalla táctil que se hunde un poco al presionar y hace click, solucionando así la principal carencia de este tipo de móviles, como es la falta de respuesta física al pulsar sobre ellos, que se echa mucho de menos al utilizar estos aparatos.

Menos interesante resulta, a corto plazo, el esperado "Google Phone". El monstruo que ha fabricado HTC para T-Mobile no se ha granjeado muchas simpatías, pero es de suponer que siendo Android un sistema operativo para móviles abierto y de uso gratuito, las compañías experimentarán con él y sacarán sus propios teléfonos Google, como ya se ha sabido que hará Motorola. El gigante de las búsquedas ha hecho una apuesta a más largo plazo que RIM o Nokia, pues su objetivo es estar presente en un número cada vez mayor de terminales de diversas marcas y acabar desbancando a Windows Mobile, el sistema de referencia para los móviles de gama más alta. Sin embargo, mientras apunta sus armas contra Microsoft, la versión reducida del Mac OS X que usa el iPhone podría ser una baja colateral. En poco tiempo, hacer teléfonos con las aplicaciones y el atractivo del aparato de Apple resultará mucho más barato que ahora, porque no habrá que pagar el software, sólo adaptarlo.

En resumidas cuentas, los usuarios que quieran un teléfono siguiendo la moda iniciada por el iPhone no sólo disponen ya de alternativas, sino que tendrán muchas más según pase el tiempo. Apple deberá reaccionar, porque ha perdido la exclusividad en el nicho de mercado que la propia compañía de la manzana se inventó. Está por ver si ese aura de marca exclusiva y chic le permitirá mantenerse por encima de sus nuevos competidores, como logró con el iPod, pero la única forma de asegurarse que continúa marcando la línea a seguir en la telefonía móvil será mejorando continuamente su producto estrella. Es lo que tiene ese capitalismo que todos condenan en los parlamentos.

En cualquier caso, todos estos competidores que le han salido a Steve Jobs han llegado un poco tarde para mí. Ya tengo mi iPhone.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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