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Tranquilidad, que no es para tanto

Vaya por delante mi alegría por el dictamen de la abogada general del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TUE) sobre el canon digital. Especialmente por lo que supone para Ana María, madre de familia y empresaria que montó en 2002 una pequeña tienda de informática, Traxtore, y a la que la SGAE hizo una auditoría exigiéndole el pago de 66.000 euros por un canon que en aquel entonces no estaba legislado. Encontraron un hueso duro de roer, que convirtió a su pequeña tienda en el símbolo de una lucha y no ha descansado hasta conseguir que le den la razón. Ni descansará a partir de ahora; estoy seguro de ello.

Pero la decisión parece haber llevado a un exceso de entusiasmo entre los enemigos de este tributo paraestatal. Hay que tener en cuenta algunas cosas, la primera, que aún queda que el Tribunal haga suyo este dictamen; la segunda, que sus decisiones no son vinculantes. González-Sinde quiere aprovechar para externalizar esta decisión a Europa y que los internautas no podamos culpar al Gobierno por el canon; no otra cosa significa eso de "armonizar". Pareciera que el canon vaya a desaparecer pasado mañana. Mucho me temo que no. Seguirá ahí mucho tiempo. "Nada hay seguro en este mundo salvo la muerte y los impuestos", escribió Benjamin Franklin, y no creo que nadie dude que el canon es un impuesto. Que lo cobra la SGAE, vale. Pero sólo porque el Estado así lo ha decidido.

Mi Asociación de Internautas ha pedido que la dichosa Ley de Economía Sostenible incluya la supresión del canon, imagino que en sustitución de la disposición que legisla el Tribunal Administrativo de Orden Público en internet. Bien está. Pero no va a colar. Si Zapatero sigue ahí mientras nos encaminamos a los cinco millones de parados, y los sindicatos que le montaron tres huelgas a Felipe González y una a Aznar no dicen una palabra más alta que otra, ¿de verdad alguien se cree que van a dedicar a esto más de cinco minutos? Todo seguirá igual.

Me gustaría ser más optimista, pero este país ha demostrado padecer un electorado crecientemente inmune a las virtudes y defectos de sus líderes políticos. El dóberman, las acusaciones de franquismo, la convicción de que ser de izquierdas te convierte automáticamente en buena persona –con su implacable corolario, claro– imposibilita a una gran mayoría a votar otra cosa que no sea la pesoe. En reacción, una mayoría menor pero igualmente numerosa no podría jamás hacer otra cosa que votar al pepé. Los nuestros puede que sean malos, pero los otros son mucho peores. Y así nacen, crecen y se reproducen los grandes consensos de Estado, como la obligación por parte de los usuarios de nuevas tecnologías de subvencionar la actividad de los artistas y las industrias que comercian con sus obras.

Sé que quizá no sea el día de ser pesimista, justamente cuando en Europa parecen darnos la razón. Algo mejorará. Quizá a partir de aquí la Justicia española deje de dedicar parte de sus recursos a pagarle a Ramoncín y a los suyos; perdón, olvidé que don Ramón ahora dice que él no, que él es bueno. Pero seguiremos pagando. La lucha sirve para evitar que avancen tanto y tan rápido como desearían. Pero no nos engañemos. Son ellos quienes tienen el poder.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

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