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Unidad de destino en lo comarcal

Las empresas caerán de repente en la cuenta de la urgente necesidad de tener su página .cat, con mayor rapidez cuanto más dependan sus negocios de la administración tripartita

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En Internet, los distintos dispositivos conectados a la red se identifican por un número IP. La Universidad de Stanford guardaba un fichero de texto en el que se podía encontrar la relación de todos los números IP conectados a la red; un listín telefónico versión cibernética, vamos. Acordarse de dicho número era incluso más difícil que acordarse de los números de teléfono, de modo que los usuarios pidieron ­–y consiguieron– un sistema alternativo. Los nombres de dominio nacieron en 1984 ya con los dominios de primer nivel de los países del mundo, además de los .com, .net, .org, .edu, .mil y .gov. Un número de dominios que no aumentó hasta que la ICANN se dedicó a expandir el número de forma bastante absurda (¿cuándo han visitado ustedes una página .museum, por ejemplo?) pero en general poco dañina, salvo para el sentido común. Hasta que llegó el .cat.
 
Dejaré una cosa clara antes que nada. Los idiomas me producen sentimientos positivos o indiferentes siempre y cuando se empleen para lo que se han empleado todos los lenguajes desde que el mundo es mundo: para comunicar entre sí a los seres humanos. Poco respeto, pues, me producen idiomas regionales como el vascuence y el catalán, normalizados y fomentados con la única intención de incomunicar a sus habitantes con el resto de España por mor de esa ideología cateta, aldeana, colectivista y, en algunos casos, criminal, que se ha dado en llamar nacionalismo.
 
Por centrarnos en el catalán, el posible aprecio que pudiera sentir hacia el segundo idioma español más hablado desaparece por el control que Pompeu Fabra y las gentes de L’Avenç tomaron de su normalización. En lugar de seguir el criterio de autoridad que empleó la academia española, lo reglaron siguiendo como pauta principal el diferenciarlo del castellano todo lo posible, aunque así lograran que catalohablantes de toda la vida no pudieran comprender esa neolengua, forzada a parecerse al francés en vocabulario y ortografía más de lo que el uso y la escritura de siglos dictaban. Y es que el nacionalismo, esa ideología que proclama contener las esencias de la raza, destruye las tradiciones del pueblo que dicen representar con el ahínco más franquista en cuanto no se diferencian lo suficiente de las de los demás. La indiferencia que podría sentir hacia ese idioma inventado al que dieron el nombre del que sí existía desaparece hasta convertirse en desprecio por su imposición forzosa a cientos de miles de catalanes, muchos de ellos niños indefensos con padres que no pueden pagar una educación privada en su lengua materna porque ya pagan mediante impuestos un adoctrinamiento forzoso en el invento de Fabra.
 
La ICANN ha abierto ciertamente la caja de los truenos, concediendo a los miles de lenguajes que hay en el mundo la posibilidad de tener un dominio de primer nivel. No creo, sin embargo, que haya muchas más peticiones similares. En la producción de catetos, los nacionalismos españoles disponen de un récord de producción difícilmente igualable por ahí afuera. Convertir Cataluña en una unidad de destino en lo comarcal, según el ingenioso retrato de José García Domínguez, para poder llevárselo crudo no es algo que se estile en otras naciones civilizadas.
 
Algún ingenuo pensará que, entonces, tampoco es que esto sea para tanto. Siempre es bueno que haya más opciones y hasta puede que haya quien emplee ese dominio para poner páginas de gatitos. Esa ingenuidad desmiente los comportamientos totalitarios de los nacionalismos desde que nacieron. Tampoco debiera ser más que un acto de libertad el que existiera y se promoviera un símbolo como el burro catalán, ¿no? Sin embargo, sirve para rallar y pinchar las ruedas de los coches que conserven el toro de Osborne como adorno. En breve comenzará la nada sutil presión que sólo los nacionalistas saben emplear y aún así seguir recibiendo el nombre de demócratas. Las empresas caerán de repente en la cuenta de la urgente necesidad de tener su página .cat, con mayor rapidez cuanto más dependan sus negocios de la administración tripartita. Lo único que falta por saber es quien se embolsará el tres por ciento en la venta de cada dominio.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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