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David Jiménez Torres

Amores académicos

Las historias de amor cambridgeanas que a mí me parecen más novelables son aquellas entre quienes suspiraban cuando el amor era cosa de los güais del cole, y que ahora se dan cuenta de que puede ser algo universal, que también les puede llegar a ellos.

David Jiménez Torres
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Creo que Cambridge sería un muy buen lugar para escribir una novela de amor, o al menos un par de relatos. Esto puede parecer sorprendente, ya que los tempranos anochecheres, la húmeda niebla, las bibliotecas, los claustros medievales y las torres de libros por leer parecerían prestarse a una novela de soledad, o de descenso a la locura, o incluso a un thriller o a una novela negra. No lo digo por el paisaje verde y bucólico, ni por esa sensación de encontrarse en un oasis apartado del mundo, mezcla de estática eternidad y de implacable dinamismo, que tanto casa con el sentimiento amoroso. La idoneidad de Cambridge para este tipo de relatos se debe más bien al número de tangentes, de diversas caras del amor que nos ofrece y que nos permite explorar, al modo de una novela coral o de un libro de cuentos.

Aquí podemos encontrar, por ejemplo, una historia de amor entre dos monstruos del ego como sólo puede producir el mundo académico; quizás dos alumnos de carreras brillantes, o estudiantes de doctorado o, por supuesto, catedráticos. Personajes cuyas citas en el café de la esquina se convirtiesen en interminables ponencias a dúo, en sesudas discusiones sobre temas abstrusos, en largas listas de menciones de autores o de componentes químicos; charlas cuyas transcripciones necesitarían notas a pie de página. Podríamos explorar la dura negociación entre las vanidades de cada uno, la búsqueda de un equilibrio que no dañe la monstruosa autoestima de ninguno de los dos, tipo "tú has publicado tres ensayos más que yo pero yo tengo un puesto más elevado en mi facultad que tú", "a ti te vienen más estudiantes a que les dirijas la tesis pero los pocos que tengo yo acaban llegando más lejos", etc.

También podemos encontrar un romance entre estudiantes que quizás nacieron en lados opuestos del planeta y cuyas posibilidades de llegar a conocerse eran poco menos que ínfimas. Digamos un lituano y una japonesa, un malí y una hindú, un colombiano y un ruso, una americana y una croata, un murciano y una malgache. Esa especie de milagro de dos personas que de alguna forma, tras mil vueltas y giros y decisiones, acaban conociéndose y encima gustándose parece encarnar uno de los aspectos más distintivos del amor, esa sensación del milagro que supone haber encontrado, entre la informe multitud, a la persona perfecta. Uno casi se imagina las conversaciones en un inglés rudimentario, los esfuerzos por salvar la doble, triple, cuádruple barrera lingüística que separa a dos personas que sólo saben que se gustan; el recurso a los gestos, a las caídas de ojos, a las sonrisas.

Pero las historias de amor cambridgeanas que a mí me parecen más novelables son aquellas entre empollones y perdedorcillos de la vida, entre feos y feas, gordos y gordas, acnéicos y acnéicas, que han estado toda su adolescencia con la nariz hundida entre los libros y que no han usado los labios más que para esconder los brackets: los tímidos, los acomplejados, los patosos. Aquellos que suspiraban cuando el amor era cosa de los güais del cole, y que ahora se dan cuenta de que puede ser algo universal, que también les puede llegar a ellos. Aquellos, como dicen los anglos, que tienen love to give. Imaginamos los primeros contactos con la otra persona, los primeros comentarios extraños y vergonzosos, las primeras citas llenas de silencios, de deseos y de nervios, las primeras relaciones (que son primeras de verdad), las torpes caricias, siempre con la luz apagada, y el despertar del día siguiente, con la ilusión de haber hallado la parcela de felicidad que a todos nos corresponde.

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