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David Jiménez Torres

Ciudadanos del mundo

El ciudadano del mundo halla, junto a los puentes que puede tender hacia millones y millones de desconocidos, murallas que le separan de sus seres más queridos.

David Jiménez Torres
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Universidades como la de Cambridge, sobre todo en los programas de máster y doctorado, son ideales para encontrarse con ejemplos de ese ser tan representativo de nuestra época que es el ciudadano del mundo. Los vemos en cenas y fiestas: nos confiesan en tono íntimo no conocer a demasiada gente, pero luego acaban encontrándose con cinco o seis conocidos a los que nos presentan como si fuéramos amigos de toda la vida. Son, por lo general, muy simpáticos, capaces de hablar de cualquier cosa; no tardan más que un minuto en descubrir que tenéis un amigo, una ciudad o un país en común. Triunfan en el tipo de reuniones donde priman los lugares comunes, porque su vida entera discurre por ellos, esquivando, eclipsando, ayudando a esconder de todas las miradas ajenas los lugares privados.

El ciudadano del mundo habrá, por lo general, vivido en dos o tres países distintos antes de llegar a la adolescencia, habrá realizado los estudios de secundaria o bachillerato en algún internado o escuela prestigiosa de una capital, se habrá licenciado en una universidad anglosajona, habrá cursado másteres en tres o cuatro universidades distintas de Europa y Norteamérica, habrá trabajado en el Golfo Pérsico o en las metrópolis asiáticas, y siempre te contará adónde piensa ir el año que viene. Hablará tres o cuatro lenguas y siempre se sentirá más cómodo con el inglés que con la materna; si le presentan a alguien de su país de origen empleará un habla correcta pero plagada de anglicismos y de slang algo pasado de moda. De sus labios penden los nombres de las grandes metrópolis mundiales: en un par de frases es capaz de mencionar cafés parisinos, calles londinenses, edificios neoyorkinos, playas californianas, templos japoneses, bares chinos, bazares saudíes. Colecciona másters, prácticas y posgrados como si fueran cromos. A lo largo de su vida ha dicho "I love you", "Je t’aime", "Ich liebe dich", "Ti amo" y "Te quiero", y siente las íntimas diferencias que hay entre cada una de estas frases. Toda ruptura amorosa trae asociado el nombre de algún aeropuerto.

Hay, por lo general, dos clases de ciudadanos del mundo: los niños de la jet-set y el solitario errabundo. Los primeros son más aparatosos, más espectaculares, nunca pasan desapercibidos en una fiesta o reunión. Hijos de las oligarquías financieras o industriales latinoamericanas y europeas, nunca parecen llevar ropa comprada en el mismo país en que les conoces. Suelen ir bronceados todo el año, y normalmente son muy guapos y guapas. Beben como peces, y son pijos sin complejos. Estudian, por lo general, derecho o economía; son inteligentes y curran bastante, aunque siempre exagerarán ligeramente la cantidad de deberes que tienen y lo agobiados que están.

Los solitarios errabundos son más taciturnos, más callados, más contemplativos; no son el animal social que es un niño de la jet-set. Normalmente son investigadores de orígenes algo más modestos, que han ido vagando de universidad en universidad y de centro en centro, esquivando a veces las capitales donde los niños de la jet-set compraron estos vaqueros o aquel vestido. Suelen ser biólogos, químicos, físicos; a veces algún antropólogo, de vez en cuando un historiador. Si la patria del niño de la jet-set es su modo de vida, la del errante es su trabajo. El primero busca un estatus social que se define por un dinamismo frenético; el segundo busca una verdad última y final que siempre lo elude, y cuya búsqueda lo separa poco a poco de todas aquellas certezas mundanas que se sobran para cimentar tantas vidas.

En realidad, y en ambos casos, decir que alguien es un ciudadano del mundo es consignar un vacío más que una concreción. Es uno de esos términos bonitos y hasta grandilocuentes que no expresan más que una ausencia. Porque querer abarcar el mundo es lo mismo que quedarse sin nada. En el mejor de los casos es una dispersión; en el peor, una difuminación. El ciudadano del mundo convierte la línea recta u ondulante de la progresión vital en una serie de zig zags, de rupturas, de desapariciones y apariciones; el río de Jorge Manrique se transforma en un Guadiana deslumbrante algunas noches, taciturno algunas otras. El ciudadano del mundo halla, junto a los puentes que puede tender hacia millones y millones de desconocidos, murallas que le separan de sus seres más queridos. Recuerda a siete u ocho personas que llevaron su nombre y habitaron su cuerpo; sabe que su yo de hoy es una serie de sedimentos entremezclados más que una sólida torre. Vive en un presente eterno; es, como dijo Maeztu, "una boya desamarrada que flota en todos los mares, y se acerca a todas las costas conocidas, para alejarse después de todas ellas".

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