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David Jiménez Torres

¿Cuándo se jodió el sindicalismo?

Hay que reconocerle inteligencia a Antich: donde Matas se gastaba el dinero del contribuyente en palacetes y bolsos, el president se lo gasta en comprar el silencio de los sindicatos.

David Jiménez Torres
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Siempre he defendido, ante mis amigos americanos más libertarios y/o conservadores, la necesidad de la existencia de sindicatos. Mi argumento principal solía ser que los sindicatos seguían siendo un elemento esencial de un sistema de contrapesos como el que los estadounidenses patentaron con tanto éxito hace dos siglos y pico (ellos argumentaban de forma demoledora que precisamente en ese sistema de contrapesos no figuraban los sindicatos). La verdad es que aún pesaba en mí la imagen que nos vendían de los sindicatos en las clases de Historia y de Ética del colegio: paladines de los derechos de los trabajadores que habían sido fundamentales en la creación de las libertades públicas y la igualdad ciudadana contemporáneas, y que aún hoy eran su única salvaguarda, viviendo como vivíamos en un mundo dominado por burgueses y banqueros, inmovilistas y reaccionarios. Cabrones de derechas, en suma. Eran los años de Aznar...

Es una imagen que nos han inculcado a la mayoría de los que nos educamos bajo la LOGSE y que, sin embargo, las realidades de España y de la presente crisis se están encargando de corregir y reemplazar. Un paseo el otro día por el centro de Madrid dejaba, por ejemplo, una imagen de los sindicatos más propia del surrealismo y, quizás precisamente por eso, más cercana a la realidad. Frente al Banco de España había agolpadas un par de decenas de sindicalistas, uno por bandera y dos por pancarta, en una de esas mini-manifestaciones que montan últimamente delante de las sedes de organismos públicos para que se note que protestan, pero no demasiado. Los asistentes pasaban en su mayoría del medio siglo de vida, con el muestrario necesario de barbas, canas, gafitas de funcionario y artículos de ropa que cubrían el espectro que va del morado al violeta. Su presencia grave y reivindicativa iba acompañada de un estéreo desde el que atronaba música de... ¡Ska-P! Me detuve unos segundos a comprobarlo, incrédulo ante lo que estaba oyendo. Efectivamente, esos venerables luchadores por la libertad obrera movían con subversivo descaro las puntas de los pies al son de El Vals del Obrero. La misma canción que en el colegio escuchábamos a los 13 años congregados alrededor de un discman porque nos parecía la cúspide de lo guay. La misma canción que dejamos de escuchar a los 14 por vergüenza ajena.

Imagen poderosa pero fundamentalmente incompleta, ya que aunque ilustra la falta de sentido de la realidad de muchos sindicalistas de hoy, los reduce a una cuasi entrañable camarilla de hippies trasnochados. Más cierta es la imagen que mostraba El Mundo en su edición de Baleares del lunes: los sindicatos, convertidos en instrumento del PSOE, en una policía gubernamental que garantiza la "paz social" a cambio del dinero de los contribuyentes, van a cobrar una nómina anual de "dietas y gastos" del Govern de Antich, ¡sólo por acudir a las reuniones a las que se les convoque! En una comunidad con una tasa del 19,54% de desempleo, líder nacional en 2009 en recortar el presupuesto de Educación y Sanidad, y donde los sindicatos ya cobran del Govern por multitud de funciones necesarias para la lucha obrera como ayudar a imponer el uso del catalán o asistir a ferias turísticas, Antich les sube la nómina a los paladines del proletariado a cambio de que estén en todas sus fotos; y, por supuesto, que no saquen a los suyos a la calle. Este es el verdadero rostro de los sindicatos de nuestro país a día de hoy. Hay que reconocerle inteligencia a Antich: donde Matas se gastaba el dinero del contribuyente en palacetes y bolsos, el president se lo gasta en comprar el silencio de los sindicatos. Baleares como microcosmos de España. Ante estas imágenes, me quedo con la del chaval que, tras leer el artículo 28 de la Constitución en el Congreso, espetó el "y me da pena y vergüenza que los sindicatos no ejerzan este derecho en los tiempos que corren, y que se dediquen a bailar el agua a los poderes políticos". Mayor paladín de los trabajadores era ese chaval trajeado y con patillas que estos asalariados con pelo teñido de morado república, mano dispuesta y voces mercenarias.

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