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David Jiménez Torres

Después de Berlín

La idea de nuestro continente como estandarte de la libertad individual, como hermano de Estados Unidos en la idea y los valores de Occidente, la hemos proyectado, sí, pero solamente hacia adentro, y aun así de forma dubitativa.

David Jiménez Torres
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Ayer los políticos unierson sus escasas convicciones a su acreditado oportunismo y celebraron el día en que Europa se reinventó, se supone, como un continente unido y que serviría de estandarte de la democracia liberal y la libertad individual. Con la clarividencia que presentan veinte años de perspectiva y las innumerables revelaciones sobre lo que de verdad ocurría en el bloque soviético, pueden presentar a Europa como el campo de batalla en que se impuso la libertad. Y proclamar, se supone, la adopción de la misión de Europa occidental (entendiendo "misión" no en clave providencialista sino como una forma común de respuesta ante los desafíos) como la propia del continente entero. La oposición de entonces hacia esta misión en el propio campo en el que se propugnaba, se obvió en favor de una imagen de unanimidad y consenso.

Esto no es negativo ni mucho menos: la celebración de la caída del muro de Berlín debería servirnos para mirar hacia atrás y ponernos de acuerdo en enterrar de una vez el cadáver bastante insepulto del socialismo real; no estaría de más recordar que en su nombre las Nuevas Brigadas Rojas asesinaban, todavía en el 2002, al economista italiano Marco Biaggi; y esto antes de la crisis económica mundial. Pero también deberíamos utilizar esta celebración para reflexionar sobre el camino que ha tomado Europa desde entonces. La Historia debe usarse tanto para la reflexión directa como para la reflexión transversal.

Nuestro continente parece hoy en día más o menos convencido de su unión: estamos en desacuerdo (por no decir en situación de franco desconcierto) sobre los términos, pero no dudamos de ella como hecho fundamental. No sucede lo mismo con la idea de una misión de Europa. La idea de nuestro continente como estandarte de la libertad individual, como hermano de Estados Unidos en la idea y los valores de Occidente, la hemos proyectado, sí, pero solamente hacia adentro, y aun así de forma dubitativa. Como consecuencia directa de la caída del Muro, vivimos la verdadera belle epoque de la historia de la Humanidad; pero hemos hecho poco por su extensión al resto del mundo. Y los periódicos abundan en ejemplos de la necesidad de un esfuerzo en este sentido: no sólo por la recesión de los logros democráticos en países de Europa del este, siendo Rusia el mejor (y peor) ejemplo; sino también por la precaria situación de la guerra de Afganistán, por la oleada de atentados talibanes en el vecino Pakistán, por el endurecimiento del régimen teocrático iraní y por la posibilidad real de que éste adquiera armas nucleares con que apoyar sus delirios islamistas. Eso por no hablar de la situación dentro de la misma Europa, donde gente como Ayaan Hirsi Ali debe vivir con escolta por denunciar la sinrazón islamista.

Parece, por tanto, que las conclusiones que deberían haberse sacado de aquel 9 de noviembre que todos celebramos no se han seguido sino a medias. Y esto no parece deberse al afán conciliador de una parte de Europa frente a la otra, sino a la indolencia y al oportunismo de todos. Esto debe cambiar. Europa debe aceptar su misión como ha aceptado su unión: con innumerables dudas con respecto a la forma, pero no con respecto al contenido ni mucho menos al hecho. Berlín no supuso, como bien explicaba Felipe Sahagún en las páginas de El Mundo, un punto y final en la Historia; sólo fue un punto y aparte. Si no miramos más allá, su significado quedará reducido a la nada.

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