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David Jiménez Torres

España

Imposible ver en la España de los nacionalismos, de Arenys de Mar, de la progresiva descentralización que invade todos los campos de la vida pública, de la ola de corrupción, del final de la burbuja y de un modelo económico, el escorzo de un epiciclo.

David Jiménez Torres
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Tengo entendido que lo más normal cuando uno se empieza a incorporar a la vida pública de su país es contemplarla como una suerte de stasis, una situación estática e inmutable, un firmamento cuyos componentes se mueven, sí, pero en epiciclos. Uno siempre acepta la realidad que se encuentra al "hacerse mayor" como ciudadano (proceso menos cantado por escritores y guionistas que el hacerse mayor como hombre o mujer, pero que aun así existe), como si se tratara de un status quo. Casi se ve como el principio de una de tantas películas sobre futuros distópicos: al principio, un mundo caótico y hasta terrorífico pero cuyos procesos y parámetros están fijados, son hasta predecibles; un mundo en el que los días se suceden sin mayor cambio que el de las fechas y las estaciones, ligeras, resbaladizas. Los humanos y los Terminators llevan luchando décadas; el Matrix funciona hace dos siglos; el Imperio Galáctico lleva oprimiendo a la galaxia desde hace tanto... El pasado se presenta como esos breves párrafos introductorios, esos rótulos rodantes, que resumen con la brevedad de la Historia Objetiva los procesos inapelables que llevaron a esta situación de estancamiento, a este mundo impasible en el que sólo el Héroe puede efectuar un cambio. Quintaesencia, en cierto modo, de la juventud: entender el mundo como un mar calmo en el que sólo Tú, o (en caso de ser de izquierdas) Tú y los Tuyos, podéis efectuar un cambio.

Pero creo que los que nos empezamos a encaramar a las verjas de España, a medida que vamos alcanzando las diversas estaciones de nuestra veintena, no alcanzamos a ver esa tradicional stasis. Imposible ver en la España de los nacionalismos, de Arenys de Mar, de la progresiva descentralización que invade todos los campos de la vida pública (desde la administración a los partidos políticos), de la ola de corrupción, del final de la burbuja immobiliaria y quizás de un modelo económico, de la crisis, del paro; la España, sobre todo, del creciente cuestionamiento del modelo constitucional del 78 (unos, porque deja hacer a otros, y éstos, porque aún les deja hacer poco); imposible, digo, ver en ella el escorzo de un epiciclo. Sus quiebros más parecen los de una espiral, nos tememos que descendente. Su presente no nos habla con la firmeza del status quo sino con la incierta hondura del presente histórico.

Más que una superficie acotada sobre la que chocan cientos de canicas entre sí, cambiando de velocidad y de dirección pero sin desparrarmarse, esta España se antoja falta de vallas, de límites de acción o de proyección (esos límites que sí se hacen presentes en países como Estados Unidos o Inglaterra). No es un gráfico del capitalismo, con sus ciclos ordenados y previsibles, aunque siempre a posteriori. Más bien se presenta como esa Venecia que pierde un habitante cada día, anclada a un proceso más infernal cuanto más cargado de lógica y de fuerzas conocidas y explicables. España se encuentra entre el final de su precuela y el inicio de la siguiente película; escribe poco a poco sus párrafos introductorios, esboza los procesos que luego se irán resumiendo hasta que acaben en los libros de historia bajo el apartado de "Causas". Somos modernos, sí: nuestro firmamento es el heliocéntrico y del Big Bang: el universo se está expandiendo, con la misma velocidad con que corren, inasibles, los transeúntes bajo nuestro balcón.

Pero la aparente inexorabilidad de los procesos humanos esconde un dato importante: cada uno de sus factores, cada instante de sus inercias, depende de una decisión. Darth Vader escogió el Lado Oscuro. Siempre podría haber elegido el otro.

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